Ignacio Camacho

Bulos de destrucción masiva

La verdad está indefensa. Carece de recursos de convicción para imponerse al eco persuasivo del ciberescándalo

Bulos de destrucción masiva
Ignacio Camacho. PD

EL neologismo posverdad, entronizado por el diccionario de Oxford, es el nombre contemporáneo de la mentira. Es la mentira posmoderna, la falsificación de hechos divulgada por la propaganda del ciberactivismo en bulos masivos que multiplican el efecto de la propaganda de toda la vida.

El infundio disfrazado con apariencia verosímil, envuelto en el trucado celofán de una información auténtica que rasga los tabúes de las élites informativas. «La calumnia è un venticello», dice el Don Basilio de Rossini, que crece hasta convertirse en un eco fragoroso «come un colpo di cannone».

El embuste ya nace en las redes sociales como un cañonazo que se agranda en una explosión nuclear. Goebbels bombardeaba mentiras por saturación y ahora internet las difunde en bombas de racimo. El invento que nos iba a hacer más inteligentes y sabios ha acabado por transformarnos en una crédula, inerme masa de cretinos.

Hay un Estado que ha encontrado en la posverdad un arma de devastación masiva. Los hackers rusos se han apoderado de la sociedad de la comunicación para invadirla de trolas, chismes y patrañas sesgadas que aniquilan reputaciones e invaden como impunes comandos silenciosos los territorios de la economía y la política. La demolición -admitida- de la campaña de Hillary Clinton fue un éxito crucial de esta nueva herramienta destructiva.

Ahora cualquier candidato, gobernante o personaje público está a merced de la intoxicación y del estigma. Da igual su relevancia, lo importante es mostrar la eficacia táctica del método y sus estragos de puntería.

Hasta una pieza de caza menor como el futbolista ucraniano Zozulia les parece digna de ser abatida. Lo etiquetaron de neonazi en las redes y acabaron con su carrera en dos días.

La penúltima víctima del bullshit político se llama Emmanuel Macron, candidato a la Presidencia de Francia. Un cotilleo de homosexualidad, que a Putin siempre le parece infamante, le ha zancadilleado la campaña.

Para colmo el tipo ha salido a ofrecer explicaciones, por si quedaba alguien sin enterarse, con lo que sólo ha logrado dar más pábulo al sabotaje. Es el perverso «efecto Streisand»: un hombre sale a los medios a decir «no soy homosexual» y la gente ve a un homosexual negándolo. La realidad, la existencia factual, está indefensa ante el engaño.

Simplemente ha dejado de interesar, suplantada por la superchería, por la especulación conspirativa que desdeña la demostración como un requisito innecesario. Se atribuye al escritor Terry Pratchett la frase de que la mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad se ata los zapatos: el hecho objetivo carece de recursos de convicción para sobreponerse al eco persuasivo del escándalo.

Este el signo pesimista, demoledor, inquietante, de un tiempo incierto. Una época en que las creencias a la carta y las supersticiones emocionales han sustituido a la ética del pensamiento.

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