Laureano Benítez Grande-Caballero

Mad Max y el reloj de cuco

Mad Max y el reloj de cuco
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

¿Qué vocablo sería el más adecuado para explicar la edad «posmoderna»? Probablemente el más ajustado a la realidad sería la palabra «globalización», pero cada vez me convenzo más de que el que más le cuadra a nuestro tiempo es el término «feísmo».

Hasta hace relativamente poco, era lo suficientemente optimista como para creer que la historia de la humanidad era un continuo marchar hacia adelante, un permanente perfeccionamiento darwiniano de la especie humana, conquistando cada vez metas más complejas y evolucionadas. Pero el siglo XX, el horrible siglo del mal, ha dado paso a un nuevo milenio todavía peor, donde la civilización está siendo puesta seriamente a prueba por una enorme invasión de feísmo, un espectacular chapopote que amenaza por anegar a la humanidad en un colosal agujero negro, llevándonos a un tremendo apocalipsis donde perecerán las excelsas creaciones del hombre, que inaugurará un posapocalíptico universo estilo «Mad Max».

Esta filosofía es la que se reflejan las famosas palabras de Harry Lime (Orson Welles) en la película «El tercer hombre»: «En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz, y… ¿que tenemos? El reloj de cuco». Con la diferencia -claro está- de que es el reloj de cuco no puede considerarse feo, todo lo más un pelín cursi y heidiano.

Sí, porque, después de milenios de moda, ¿qué tenemos?: los vakeros rotos. Todavía recuerdo a mi madre zurciéndome los descosidos, para que ahora venga la posmodernidad con la moda «gruyere» de agujeros por todos lados; por no hablar de los pantalones cagaos y las kamisetas, la mayoría un grotesco monumento a la ordinariez, la cutrería, la ignorancia y la incultura. Es un cuanto a las modas femeninas, ¿qué quieren que les diga sobre su posmoderna inmodestia?

Y todo ello adornado frecuentemente con pelambreras imposibles estilo indios «chirikauas», tatuajes modelos «Alcatraz», y «piercings» que no los llevan ni los pigmeos de África ni los yanomamis amazónicos.

Es por esta razón por la que confieso que llevo ya bastante tiempo refugiado en un búnker personal, en una idílica Arcadia que me he construido hecho de a las de con series televisivas de época, con las que me evado a tiempos pretéritos donde, a pesar de que había más pobreza, todavía se llevaba con dignidad en lo que a la vestimenta se refiere.

Mas el feísmo aterrador que nos acosa por doquier afecta a todos los ámbitos de lo que todavía puede llamarse civilización. Por supuesto, es el arte la manifestación humana más afectada por este siniestro virus, porque, después de miles de años de civilización, ¿qué tenemos?: si antes fue la maravillosa Capilla Sixtina, ahora hemos pasado a considerar artísticas las más tenebrosas y epatantes «performances», como mearse en la calle, dejar morir de hambre a un perro atado a una cuerda, o componer con hostias consagradas la palabra «pederastia».

En cuanto a la música, ¿qué tenemos? ¿Cómo es posible que pertenezcan al mismo planeta y a la misma especie la Novena Sinfonía de Beethoven, y los alaridos chiripitifláuticos de contoneantes raperos con vestimenta barriobajera. Y, además, por si fuera poco, en España los más radikales -esos que enaltecen el terrorismo- son amiguetes del Turrión.

En mi opinión, la macabra bodega desde donde se ha derramado todo este siniestro chapopote no es otra que la televisión, cósmica escombrera que ha servido de madriguera a toda clase de endriagos, vertedero sideral que ha emponzoñado el gusto de las audiencias hasta producir la más impresionante lobotomización que vieron los siglos. No merece del todo el calificativo de telebasura, -porque, oiga, hay basura ecológica que merece algo de respeto-. El caso es que hemos pasado de «Cesta y puntos», «Estudio 1», y «Las galas del sábado» a espeluznantes «reality shows» donde se exponen indecentemente toda clase de miserias humanas, en grado «deluxe».

Y también me atrevo decir que hay un «feísmo moral», porque, después de milenios de civilización, ¿qué tenemos en la actualidad? Pues un conjunto de costumbres y conductas que son fiel reflejo de la decadencia, la degradación y la corrupción de unas sociedades ahítas de aburrimiento y pervertidas por una alarmante falta de valores.

Es así como surge el feísmo de los botellones, las drogas, la carnicería de los abortos masivos con cargo al erario público, la descontrolada banalización del sexo; el sobrecogedor aumento de la falta de educación, respeto y tolerancia; el divorcio por un quítame allá esas pajas; extrañísimas familias hechas a través de alambicados mecanismos biológicos jurídicos, donde se llama «matrimonio» a grupos humanos donde no aparece la «matri» por ninguna parte; y al fondo, el feísmo escalofriante del tuiterío, letrina donde defecan todas las miserias del radicalismo intolerante y agresivo.

Este feísmo ya había sido predicho en cómics y películas de ciencia-ficción, que dibujan un panorama desolador para un futuro posapocalíptico donde tribus urbanas se despedazan cruelmente, con vestimentas neopunkies, en un escenario de calles arrasadas, edificios derrumbados, y amasijos de hierros retorcidos: escenografía «Mad Max», para decirlo en una palabra.

Llegando al terreno de la política, feísmo ha habido muchos en este ámbito a lo largo de la historia, pero ahora tenemos al populismo, que es puro feísmo, una mutación degenerada de la democracia, que además, en el caso español, viene decorada por todos los demás feísmos que se dan en el resto de los ámbitos de la sociedad y la cultura, con el agravante de que lo hacen ante luz y taquígrafos, ante focos mediáticos exponen toda su pegajosa cutrez, sin ningún rubor ni vergüenza.

Era de esperar que toda esta «marea» -para usar su mismo vocabulario- llegara alguna vez a la política, pues representa a un importante segmento de la población española, la que más está marcada por el estigma del feísmo precisamente. Por ello, estamos ahora viviendo tiempos desgraciados, donde vemos en los hemiciclos que representan al país rastas, camisetas pintarrajeadas o con consignas subversivas, besos homoeróticos, mamandurrias, cartelitos reivindicativos pidiendo libertad para los Bódalos de turno, y grotescos puños en alto.

Y eso que venían pronunciando discursos sobre la belleza de su programa, sobre el brillo que tenían en sus ojos, echándonos sonrisas como quien tira pétalos de rosa, dibujando corazoncitos candorosos y heidianos que parecían salir puntualmente de maravillosos relojitos de cuco.
Es lamentable y patético que el país más viejo del mundo haya producido este feísmo radical tan aterrador. Porque, después de cinco siglos de historia, ¿qué tenemos?: secesionistas y radikales.

Pero que estén alerta, porque les llegará la hora de su sanmartín. Marcada, por cierto, en un reloj de cuco.
Como dicen ellos: «Tic-tac», «Tic-tac», «Tic-tac»…

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