Jaime González

Pablo Iglesias es un gánster impostado, un ‘malo’ de laboratorio

Pablo Iglesias es un gánster impostado, un 'malo' de laboratorio
Jaime González. PD

Cuando se enfada, Pablo Iglesias no se parece en nada a Joe Pesci, el pequeño gran gánster del cine.

La principal virtud de Pesci es que jamás sobreactuaba. En «Uno de los nuestros», resultaba tan creíble en el papel de Tommy DeVito que le bastaba un simple arqueo de cejas para marcar territorio.

Si no le gustaba una mirada, mataba con los ojos. Era un gánster de cuna, casi genético, razón por la que no tuvo necesidad de estudiar arte dramático. Fue barbero y guitarrista en «Joey Dee and the Starliters», el grupo donde echó los dientes el mismísimo Jimi Hendrix.

Lo del cine le vino rodado, porque su escuela fue la calle. Cuando le dieron el primer papel de malo, ya tenía callo el angelito.

Iglesias, sin embargo, es un gánster impostado, un «tipo malo» de laboratorio. Pesci era bronco y chulo natural; Pablo es chulo de bote. Cuando saca el dedo a pasear y alarga la mano a modo de amenaza lo hace de manera forzada, como si se hubiera pasado la noche ensayando delante del espejo.

Y se le nota. Joe Pesci era un gánster hecho a sí mismo; Pablo Iglesias es un gánster de pega que ha hecho de la sobreactuación su forma de vida. Un producto artificial que no le llega ni a la suela del zapato a Joe Pesci, que era más malo que la quina, pero que no necesitaba hacerse notar.

Iglesias convierte cualquier cruce de reproches en el Congreso en una sonora reyerta. Se turba y se revuelve en su asiento de forma tan exagerada que se nota demasiado que está buscando la efímera gloria de los flashes.

El populismo se alimenta de la agitación social y cree que su supervivencia depende de la radicalidad. Y lo demuestra en cada acto, en cada gesto, en cada guiño. Es un fenómeno político que está basado en el más burdo oportunismo. Pero hay que ser muy buen actor o interpretar ante un público muy poco exigente para resultar mínimamente creíble.

Pablo Iglesias no es Joe Pesci -más quisiera- y el público español -en su inmensa mayoría- se ha dado cuenta de que ese joven con exceso de ínfulas no es «Uno de los nuestros».

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