Antonio Burgos

Podremos admirar en nuestro Palacio Real lo que envidiamos de Buckingham Palace

Podremos admirar en nuestro Palacio Real lo que envidiamos de Buckingham Palace
Antonio Burgos. PD

CUANDO las críticas a la Institución Monárquica se hacían desde la fidelidad de la lealtad y no desde muy planificados objetivos tricolores de destronamiento, comenté en términos jocosos que teniendo Don Juan Carlos uno de los mejores palacios reales de Europa, viviera y celebrara casi toda su actividad oficial en un chalé. Un chalé buenecito, pero chalé al fin y al cabo.

Que eso era La Zarzuela, el pabellón de un antiguo cazadero regio. El Palacio Real apenas se usaba para audiencias especiales o presentación de credenciales de los nuevos embajadores extranjeros.

Pero sí se celebraba allí, cada 23 de abril, la recepción que con motivo del Día de Cervantes ofrecía Su Majestad a escritores, académicos, poetas, novelistas, catedráticos de Literatura, periodistas y otra gente de mal vivir… y de limpiarse en las cortinas la pringue de los calamares fritos del copioso copetín que Don Juan Carlos nos daba.

Y en una de estas recepciones, cuando aguardábamos junto a la salida del gran salón a que se marchara Su Majestad para nosotros coger Puerta, Camino y Mondeño hacia Sevilla, me endiqueló Don Juan Carlos y, borboneando con su inimitable sentido del humor, me dijo en voz alta y desde lejos lo que era a la vez el honor de una prueba de que me leía y la reprimenda de una crítica cariñosa: -Ea, Burgos, ¡ya me voy para el chalé!

Y quedaron de nuevo desiertos aquellos impresionantes salones de Palacio, por donde vagaba la sombra de la grandeza del Reino que no se transmitía más que a los japoneses de las visitas turísticas.

Compruebo ahora con satisfacción que el augusto hijo de aquel egregio vecino del chalé, aunque tiene su propia casa morada en un adosado contiguo de La Zarzuela, quiere devolver a Palacio «toda la grandeza y el orgullo de lo que significa ser una gran nación con una larga historia».

Y en vez de recibir a los Jefes de Estado extranjeros de tapadillo en El Pardo, que a muchos puretones nos suena a lo que nos suena, lagarto, lagarto, con la visita oficial del presidente argentino devolverá toda la pompa y circunstancia a Palacio. Ese «sabor a Reino» que hasta ahora sólo se podía contemplar cuando llegaba la carroza dorada con un nuevo embajador extranjero.

Gracias a Don Felipe VI podremos admirar en nuestro Palacio Real todo el ceremonial que envidiamos de Buckingham Palace cuando vamos a hacer el cateto como turistas en Londres.

Ese sabor a Reino, ese sonido a Reino, ese ritual de vieja Monarquía Parlamentaria que nos devolvió las libertades, entre ellas la que tiene el Tonto de la Bandera Republicana para montar su numerito sin que se lo lleven los guardias.

Al presidente argentino, el «Reino de España» (eso que sólo pone así en el carné de conducir y no en el DNI) lo recibirán con los ritos de la histórica Corte de Madrid. Y en este momento me empiezan a sonar en la memoria los pífanos de los alabarderos que el Maestro Quiroga evocó en la falseta del «Romance de la Reina Mercedes», al que le puso letra un título de Castilla: Rafael de León.

Llegará el ilustre visitante argentino al Patio de la Armería escoltado por un escuadrón de coraceros a caballo de la Guardia Real; atronarán el cielo velazqueño las 21 salvas de ordenanzas disparadas por cuatro históricas piezas de Artillería; desfilará un batallón formado por las compañías de los infantes Monteros de Espinosa, los marineros de la Mar Océana y los aviadores del Plus Ultra.

Me pongo lo que quieran a que la Marcha Real sonará más regia que nunca, más emocionante. Con orgullo de Reino. El que añoramos cuando vemos los ritos ingleses de Buckingham. Y digo yo: ya puestos, ¿por qué no hacer en Palacio la solemne ceremonia del cambio diario de la guardia, como en Londres?

De todas formas, gracias, Señor. La idea de Vuestra Majestad no es sólo lo que llamo una «convidá a Patria». Es algo mejor: una «convidá a Reino».

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