Luis Ventoso

La Togacracia española: Hay jueces a los que ya solo les falta dar las campanadas con Igartiburu

La Togacracia española: Hay jueces a los que ya solo les falta dar las campanadas con Igartiburu
Luis Ventoso. PD

ESTA semana la prensa británica publicó una noticia protagonizada por un juez, algo raro.

Una tragedia personal reclamó la atención de los medios. Sir Nicholas Wall, de 71 años, que había sido en su día el magistrado de familia de más rango, se suicidó al saber que padecía la enfermedad de Pick, una rara forma de demencia.

Hasta su triste final, sir Nicholas era un perfecto desconocido para el gran público británico, como todos sus jueces.

Viviendo en Inglaterra vas conociendo a la fauna mediática local: la repostera anciana que enamora al país en la tele, los diputados más fogosos, los inefables cocineros, las estrellas del pop, el jefe -ahora jefa- de Scotland Yard…

Hasta soy capaz de citar a algún astro del críquet, cuyas reglas me resultan tan abstrusas como la escritura asiria. Sin embargo no conozco por su nombre de pila a un solo juez inglés.

En los últimos quince años, los jueces y fiscales españoles se han ido despojando de los serenos principios de la discreción y el silencio, que tan bien sentaban a su delicada función, y se han lanzado a un nocivo e irritante divismo.

Hablan demasiado, olvidando que siempre somos dueños de nuestros silencios y nunca de nuestras palabras. Acaban aventando opiniones discutibles, que resultan inquietantes para los ciudadanos, pues indican que podrían sucumbir a parcialidades ideológicas o a filias y fobias personales.

Garzón, que empezó bien y acabó fatal por ególatra y sectario, fue el pionero del narcisismo con toga. Hoy son legión. El juez de la melenita rubia, gozándola en sus estéticos paseíllos televisados hacia la Audiencia Nacional. La magistrada estrafalaria de Lugo, un peligro público según sus propios colegas, que lanza redadas sin ton ni son que se diluyen como azucarillos.

El fiscal de Murcia que se ha puesto a rajar contra la prensa porque lo han relevado. El juez Castro, claro, obnubilado por una fama otoñal e inesperada. Hasta al propio jefe eventual del gremio lo desborda el afán de protagonismo. A este paso, cualquier año desplazarán a los cocineros y veremos a Lesmes, Castro y Pedraz dando las campanadas de las uvas junto a la perenne Igartiburu.

Hay un segundo problema que agrava el del divismo: el partidismo desatado. Hace un par de años tuvieron la gentileza de invitarme a moderar un debate en un curso de verano de jueces.

Salí desmoralizado: a los diez minutos la mayoría ya se batían como hooligans del PSOE o el PP.

¿Son sanas unas militancias tan dogmáticas entre quienes han de administrar justicia?

Por no hablar ya del escándalo de las puertas giratorias entre política y judicatura: a Chávez y Griñán los va a juzgar por el desfalco de los ERE un señor que durante años fue el secretario de Justicia de sus gobiernos.

Estoy seguro de que la mayoría de los del gremio que lean esto me tacharán de indocumentado y reafirmarán el sacrosanto derecho de jueces y fiscales a tener y manifestar sus libérrimas ideas.

También sé que la mayoría de los españoles tendrían pánico a que los encausase un magistradovedette con el carnet de un partido apretado entre los dientes.

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