José María Carrascal

El verdadero «procés» es este: el judicial

Y estamos sólo en su comienzo

El verdadero «procés» es este: el judicial
José María Carrascal. PD

LOS sofistas se contaban entre los personajes más populares en aquella Atenas que descubría la democracia, el arte, la filosofía y la ciencia occidentales. Su popularidad venía de negar la realidad a base de razonamiento abstracto.

Por ejemplo, Aquiles, «el de los pies ligeros», nunca cogería a una tortuga si subdividimos ad infinitum los avances del uno y la otra. Los atenienses se divertían sin tomarles en serio. El infinito no existe en este mundo.

Veintiséis siglos más tarde, Francesc Homs, portavoz del PDECat, la vieja Convergencia, utiliza los mismos juegos de palabras para defenderse ante el Tribunal Supremo de los delitos de desobediencia y prevaricación, al haber autorizado, como conseller de la Presidencia, la consulta del 9 de noviembre de 2014, prohibida por el Tribunal Constitucional.

De entrada, Homs no la llama consulta sino «proceso participativo».

Luego, dice no haber entendido la orden del Constitucional. Y cuando se le pregunta qué no entendió, responde que la prohibición misma, a la que niega legitimidad invocando una legalidad superior -la del pueblo catalán a expresar su voluntad-, que le impedía obedecerla.

O sea, como los sofistas griegos negaban que Aquiles pudiera adelantar en teoría a la tortuga, no en la práctica, Homs se niega a obedecer las leyes españolas en la práctica al no entenderlas en teoría.

Lo malo, como le recordó el presidente del tribunal, era que estaba en la sala del Supremo, donde se juzgan hechos concretos, no en la Atenas de Pericles, donde jugaban con los conceptos, no con las leyes.

Aun así, casi todos los sofistas acabaron desterrados. Veremos qué deciden los magistrados, ajenos a los manifestantes que acompañaron a Homs hasta el tribunal. Quien está politizando la justicia no es el Gobierno español, como dicen los nacionalistas catalanes.

Son ellos. Su estrategia en el procés independentista es el trilerismo verbal con la ley. Pero ya no topan con unos políticos débiles que necesitan para gobernar sus votos, por los que piden precios exorbitantes, sino con jueces y magistrados que le tienen tomadas las medidas.

El nacionalismo catalán ha ido demasiado lejos. Pide a Rajoy lo que no puede darle y todos sus esfuerzos, dineros, alegatos para lograr apoyo exterior han fracasado. Dentro, sólo les respaldan los que buscan descuartizar España, que por fortuna no son la mayoría de los españoles ni, posiblemente, la mayoría de los catalanes.

La gran paradoja es que las primeras víctimas de su engaño han sido ellos. La plana mayor de la vieja Convergencia empieza a sentarse en los banquillos de juzgados y audiencias, donde no valen algaradas callejeras ni verborrea sofista. El verdadero procés es este: el judicial.

Y estamos sólo en su comienzo, con la inhabilitación para ejercer cargo público como máxima pena. No les digo nada cuando se celebren los juicios por afanar el dinero público, que es de todos los españoles, catalanes incluidos. Va a ser Troya.

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