Edurne Uriarte

La derecha que lamenta el trumpismo tiene la sensación de quedarse con cara de imbécil

La derecha que lamenta el trumpismo tiene la sensación de quedarse con cara de imbécil
Edurne Uriarte. PD

Bastantes lectores de este periódico están irritados por algunos artículos contra Trump y les entiendo, aunque yo misma me encuentre entre los críticos de Trump. Como entiendo el fortalecimiento del apoyo a Trump entre sus votantes.

Y no porque lo esté haciendo mejor de lo que esperábamos, sino por la doble vara de medir de las críticas progresistas y su insoportable hipocresía.

La derecha moderada que lamenta el populismo de Trump y sus ideas sobre los musulmanes, las mujeres, los inmigrantes, Europa o el proteccionismo, tiene una creciente sensación de quedarse con cara de imbécil, y no es para menos, cuando la izquierda sigue sin aplicar una sola de sus ideas anti-Trump al populismo y extremismo de sus propias filas.

¿A qué conduce la crítica de la derecha a Trump si la izquierda es incapaz de una autocrítica comparable?

¿A fortalecer su percepción de superioridad moral? O, pregunta igualmente pertinente, ¿adónde conduce el rechazo al populismo de derechas si no va acompañado de un rechazo semejante al populismo del otro lado?

Por el momento, a lo de la percepción de «cara de imbécil», por ejemplo, cuando leemos a todo un expresidente del Gobierno de España, Felipe González, calificando de «psicópata» al presidente de Estados Unidos.

Y cuando recordamos que este mismo expresidente socialista estuvo callado durante meses ante el sectarismo, el populismo y el extremismo de su compañero Pedro Sánchez, que impidió la presidencia del ganador de las elecciones durante casi un año y que no formó Gobierno con la ultraizquerda y los independentistas porque no logró que le cuadraran los números.

También se opuso una parte del socialismo, cierto, pero no recuerdo a nadie, tampoco a Felipe González, dedicándole las perlas que le han aplicado a Trump.

O cuando vemos a toda la prensa progresista mundial escandalizada porque Trump, escriben, ha acusado «sin pruebas» a Obama de haberle pinchado el teléfono durante la campaña electoral de 2016.

«The New York Times» hasta le dedicó un durísimo editorial ayer «por su indiferencia hacia la verdad y la integridad moral». Maravillosa novedad, resulta que ahora la prensa progresista exige las «pruebas» que no han importado un comino en cientos de acusaciones contra los líderes de la derecha, incluidas las acusaciones de acuerdos con Putin para intervenir en la campaña electoral estadounidense contra el propio Trump.

O cuando tampoco han importado para eso de la integridad moral las fuentes anónimas o los hackeos de delincuentes informáticos contra políticos y partidos de derechas porque entonces, decían, lo que primaba era el «derecho a saber».

Y por si la derecha no tuviera bastantes motivos de asombro con el antitrumpismo, estamos a punto de entrar en la campaña del antilepenismo, dada la cercanía de las presidenciales francesas.

Veamos lo que van a llamar a Marine Le Pen los mismos que encuentran interesantes y perfectamente respetables a Pablo Iglesias y a Podemos.

O qué movilizaciones anti-Le Pen exigirán quienes acuerdan con la extrema izquierda en España y quisieran sustituir el Gobierno de Rajoy por una alianza entre socialistas, ultras e independentistas.

No sugiero que la derecha moderada apoye a Le Pen ni rectifique su desacuerdo con Donald Trump, pero sí debe dedicar más atención y tiempo a esos otros populismos a los que nadie llama «psicópatas», que en España sobrepasan el 20 por ciento del voto, en Francia apoyaron a Hollande y en Estados Unidos han constituido una parte significativa del voto a los demócratas.

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