Alfonso Rojo

11-M: El deshonor y la guerra

11-M: El deshonor y la guerra
Alfonso Rojo, director de Periodista Digital S.L. PD

Nunca se olvidará el momento en que me dieron la noticia de que un atentado terrorista acababa de sembrar de cadáveres la Estación de Atocha en Madrid y jamás se me borrará, de ese rincón del cerebro donde tratamos de esconder los recuerdos dolorosos, la acongojante sensación de vergüenza que me causó la reacción española a la carnicería del 11-M.

Estaba ese día de 2004 en Bagdad, era alrededor de las 10 de la mañana y di por supuesto que eran otra vez los asesinos de ETA.

Ya por la tarde, uno de esos comisarios a los que los paranoicos de la conspiración encuadraron en el imaginario ‘Comando Rubalcaba’ a pesar de que es más de derechas que el Cid Campeador, me contó por teléfono que acaban de encontrar una casete con una grabación coránica en una furgoneta Kangoo y que todo apuntaba a Al Qaeda.

Nunca he entendido como el presidente Aznar lo pudo hacer tan mal, política e informativamente, pero más duro se me hace digerir que el electorado español votase contra él y le culpase de lo ocurrido.

La investigación, vista desde la distancia, sin escuchar el griterío que el PSOE y los sectarios de todo pelaje montaban en Madrid, fue profesional y vertiginosa.

El 3 de abril, dos semanas antes de que el inefable Zapatero tomase posesión y con Aznar todavía como presidente, la policía localizó a casi todos los miembros del comando en un piso Leganés. Al verse atrapados, los terroristas se suicidaron, matando a un GEO.

Al enterarse de que el gobierno español retiraba sus tropas de Irak, un colega norteamericano con quien compartía coche y que siempre ha tenido claro que los yihadistas nos odian por lo que somos y no por lo que hacemos, me recordó con tono funerario las palabras que Churchill pronunció en el Parlamento cuando el Gobierno británico se plegó ante Hitler y aceptó la anexión de parte de Checoslovaquía: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra».

Lo podía haber repetido a principios de mayo, cuando Bono fue a Washington y soltó aquella estulticia de «soy un ministro de Defensa y prefiero que me maten a matar «.

Un clavo más en este ataúd repleto de despropósitos: Hoy, trece años después del 11-M, solo diez de los 21 facinerosos condenados por asesinar a 192 personas y herir a 2057, siguen en prisión. Y cuando acabe el año, sólo serán ocho. O no hay Justicia o no hay sentido común.

ALFONSO ROJO

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