Juan Manuel de Prada

Barcelona: Plaza de la Hispanidad

Hubo un tiempo en que Barcelona fue el epítome de lo que Hispanidad significa; es la Barcelona que Colau odia

Barcelona: Plaza de la Hispanidad
Juan Manuel de Prada. EP

LA alcaldesa Ada Colau ha decidido suprimir del callejero de Barcelona la Plaza de la Hispanidad. Nadie podrá acusarla, sin embargo, de suprimirla sin saber por qué lo hace. Nadie podrá acusarla de adoptar a humo de pajas una decisión incoherente o infundada.

Ada Colau odia todo lo que «Hispanidad» significa; y, puesto que no puede suprimir el objeto odiado, suprime su «imagen» en el callejero, para que se extinga su eco en las conversaciones, para que se borre de la memoria de sus paisanos. Y así se siente justa. Porque el odio es, antes que ninguna otra cosa, justiciero.

¿Y qué significa Hispanidad? De Hispanidad habló primero Miguel de Unamuno, para referirse a una filosofía española de la vida que rechaza «el horrendo mamonismo, la pura prosperidad material», así como «la creencia ciega en la ciencia y el progreso», a la vez que propugna «un ideal que nos dé originalidad, un sentimiento religioso de la vida».

¿Cómo no va a disgustar esto a una progresista irreligiosa como Ada Colau? Esta «eterna y universal Hispanidad quijotesca» que proclamó Unamuno sería luego desarrollada por Ramiro de Maeztu, en su libro Defensa de la Hispanidad (1934), en donde se fija el significado del concepto, que trasciende las naciones y las diferencias biológicas y psicológicas entre los hombres, para expresar un principio espiritual que hermana a los pueblos hispánicos.

Y ese principio espiritual comprende un factor religioso -el catolicismo- y una serie de factores culturales compartidos, como la lengua, la historia y las tradiciones.

En un pasaje muy hermoso de su obra, al indagar las cualidades constitutivas de la Hispanidad, Maeztu destaca «la fe profunda en la igualdad esencial de los hombres, en medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones que ocupan y de las obras que hacen».

Para Maeztu, lo más característico de la Hispanidad consiste en «afirmar esa igualdad esencial de los hombres sin negar el valor de su diferencia».

Y concluye:

«A los ojos de los pueblos hispanos, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter, su nación o su raza, es siempre un hombre. (…) No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de unos pueblos sobre otros o de unas clases sociales sobre otras».

¿Cómo no va a repugnar una afirmación tan anticlasista y antisupremacista a Ada Colau?

Otro gran estudioso de este asunto, Manuel García Morente, en su Idea de la Hispanidad (1938), señalaba que los españoles no fuimos a América para traernos América a España, sino para vivir allá, para fundar allá, para crear allá otras Españas, otras formas de ser español, en fecundo mestizaje.

Y es que el español no comprende las relaciones abstractas. Necesita «conocer» al otro, establecer una relación que se funde en la singular persona del otro. Por eso entre españoles el trato puede más que el contrato, y las obligaciones de amistad pesan mucho más que las obligaciones jurídicas.

El español se vincula por lazos de amistad, conoce a los hombres, los trata, convive con ellos; pero no como frías abstracciones, sino como cálidas realidades de amor y de dolor. Y de esta necesidad de fundirse con el otro en amor y dolor nace el impulso de la Hispanidad. ¿Cómo no va a repugnar tal impulso a Ada Colau?

Hubo un tiempo en que Barcelona fue el epítome de lo que Hispanidad significa. Y así Cervantes la describió como «archivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades».

Esa es la Barcelona que Ada Colau odia; y, con la coherencia implacable del odio, suprime del callejero la Plaza de la Hispanidad.

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