Juan Pérez de Mungía

Ordenador capado, profesional castrado

Ordenador capado, profesional castrado
Malas noticias en el ordenador PD

Una de las expresiones más tragicómicas de la cultura del subdesarrollo es la apropiación indebida de la función, esa cultura de bastantes profesionales que se convierten en propietarios absolutos del servicio que supuestamente prestan. Cualquier ciudadano podría relatar numerosas experiencias de esta apropiación indebida, profesores que esconden el libro del que se sirven para dictar sus clases, psicólogos y terapeutas de toda índole que cobran por sus honorarios por especulaciones ideológicas y atrabiliarias sin fundamento científico alguno, médicos y cirujanos que se esconden tras la bata y un trato soberbio y displicente al paciente que se entrega, el mismo que luego descubre que, para su desgracia, trató con un ignorante que le ha llevado a la enfermedad y a la amenaza de muerte, abogados que con el amparo de sus colegios profesionales cobran minutas abultadas en un régimen de monopolio al incauto ciudadano que cae en sus redes, funcionarios, todos ellos, que tomaron su profesión como un auténtico derecho de propiedad y una concesión inmobiliaria del Estado, un sinfín, en fin, de delincuentes profesionales que se protegen tras sus colegios profesionales y las instituciones de las que se sirven. El epítome de este singular estado de cosas lo constituyen los que se denominan a sí mismos informáticos y habitan en los servicios informáticos de instituciones y empresas, donde ejercen de monarcas que en régimen de monopolio administran equipos, usuarios y contraseñas. ¿Habéis oido las absurdas explicaciones que se ofrecen para justificar que vayan a pedales nuestros equipos informáticos usualmente obsoletos?.

Existen multitud de instituciones y empresas que difícilmente sobreviven al secuestro de estos profesionales de la tecla y que siguen a su merced. Existe en nuestro amadísimo país una inveterada costumbre de prohibirlo todo, de poner barreras al conocimiento, de restringir el uso de las herramientas, de controlar permisos y vivir de otorgar autorizaciones. Ya se sabe que el súbdito es siempre sospechoso. Los empleados del común vienen a ser sus rehenes, resultan secuestrados por sus servicios de informática, tan a menudo servidos por ignorantes obligados a aparentar un conocimiento del que carecen. Sufrimos el continuo desgaste del cambio de contraseñas con una política de seguridad tan estúpida que cualquier niño avezado en el mundo de Arduino puede saltarse a la torera, y cunde entre los usuarios la imperiosa necesidad del pirateo como una forma de protesta social a esas aplicaciones estúpidas de Microsoft que cambian las palabras que se escriben.

Una expresión de este universo de buscapleitos informáticos son las restricciones que estos sujetos indeseables aplican a la instalación de periféricos, a las limitaciones de actualización de las aplicaciones informáticas, a las limitaciones y restricciones que aplican al correo electrónico que resultan luego tan eficaces para propagar el correo basura, la publicidad y la usurpación de identidad. La eficacia con que administran su ignorancia les hace tan invulnerables que parece que no existiera mas autoridad sobre la capa de la tierra que la que representan estos delincuentes de cuello blanco que de modo tan diligente han servido a la creación de los Centros de Atención al Usuario gestionados de tal suerte que se han convertido de retorno en servicios de expulsión del usuario. Cualquier ciudadano puede referir su experiencia de los CAU, el mayor despropósito y fiasco en lo que se refiere a la productividad de la empresa, a la gestón de calidad del servicio, y a la satisfacción del cliente. Los jefes de los servicios de informática, y los picadatos que les obedecen, son en buena parte advenedizos que despotrican de la institución que les abona sus salarios y de la política, mientras usurpando la identidad del usuario y atribuyéndose un supuesto saber informático mantienen todo tipo de barreras al conocimiento, y al uso de herramientas y aplicaciones. No es de extrañar que exista una cultura de rechazo a la tecnología y al conocimiento en un país que sufre a profesionales que administran su escaso saber. Estos sujetos nos hacen a todos anarquistas. Escucha, no te funciona la máquina, porque «no tienes permisos». Tienes que registrarte como superusuario y no te lo voy a permitir, y hay que cambiar los permisos con la instrucción chmod en el terminal, y tampoco te lo voy a permitir. Los equipos suelen ser una basura, eso lo sabe hasta Perico, el de los palotes, pero que me dicen de las aplicaciones de empresa. Cualquiera que las haya sufrido en detalle sabe que se pasa el día apretando el tabulador para saltar de hueco en hueco; otros experimentan compasivamente con la tecla de retorno y cuando se equivocan o se han pasado tienen que tirar todo a la basura y empezar de nuevo, ¿Quién no ha tratado de imprimir algo para comprobar efectivamente que sale mal?.

Existen en las empresas, en cualquier empresa un gurú sabelotodo al que siempre se le preguntan cosas tan ridículas como fáciles que se han tornado difíciles y complejas por mor del servicio profesional que estos personajes administran. El manitas, que no necesariamente lo es, resulta ser habilidoso en diseñar páginas web infumables y programar tonterías que dejan a más de un entendido perplejo. Los auténticos sabios son esos que instalan un control remoto, o un sistema operativo en la sombra que se saltan a la torera las barreras de seguridad, y ejecutan aplicaciones a espaldas del usuario en «background». Resulta patético que buena parte de los usuarios mas duchos en este oficio de oponerse al secuestro informático cuentan con equipos domésticos infinitamente más potentes que aquellos que administran los informáticos de su empresa. El cambio tecnológico no ha llegado a los cerebros de los jefes de informática que solo disponen de un pensamiento binario, un par de estados, están en el despacho o no están en el despacho, porque lo que se dice resolver solo lo resuelven cuando la empresa en una especie de catarsis determina que ha llegado el momento de cambiar equipos y entonces y solo entonces, el usuario respira aliviado al contar con una computadora más veloz, con mas memoria o con un avanzado Güindos de última generación con toda la patulea de billypuertas, el mismo que luego le hará la vida más… difícil.

La informática ha llenado los pasillos de bidones de reciclaje de papel y las impresoras de red distantes de tu puesto trabajo te ayudan a defenestrar paquetes tras paquetes de 500 DINA4. ¿Tener una impresora en el despacho?, eso solo lo tienen los jefes, ¿un escáner? solo los jefes, ¿permisos de administrador? ¿Tú? ¿Pero quien eres tú?, sabihondillo! Quién va a tener tales permisos, pues los jets, esos mismos que envían las circulares de correo a todo hijo de vecino y se equivocan reiteradamente.

Vivimos en la era de los perfectos analfabetos digitales, los que escriben con dos dedos, los mismos que utilizan para nariz y orejas, como los médicos rellenando recetas a velocidad de caracol mientras una cola inmensa espera a ser atendida. La gestión de la informática es el mundillo de los que se suben al pedestal, como oradores modernos para impartir clase desde el púlpito tecnológico, con su voz socarrona y su argot artificialmente incomprensible, «No hemos enracado el server porque no tenemos aún el suicher de gigabit instalado por lo que administrar las güifis es harto complicado» a lo que contesta el usuario que ha aprendido a simular con semejante sujeto, «no te preocupes utilizaré el disco NAS en RAID de mi casa para acceder a los datos de backup que tengo en previsión de que tu sistema fallara». En este estado de cosas, en esa cultura del desarrollo de restringir, de prohibir, de no informar, de tratar con desprecio, se abre camino la externalización de los servicios que acabará definitivamente con un mercado monopolístico. Aviso para navegantes.

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