Jerónimo Páez

La sinrazón y la tragedia

La sinrazón y la tragedia
El abogado Jerónimo Paéz. PD

Recientemente Thomas Friedman publicó un artículo en el New York Times criticando la actitud que adoptó Netanyahu contra el gobierno norteamericano, por no haber vetado la resolución de la Naciones Unidas que condenaba los asentamientos judíos en territorio palestino. Dijo que al no hacer gesto alguno para buscar la paz, Israel va camino de convertirse en la versión sudafricana del apartheid en Oriente Medio y no en un Estado binacional y democrático. Incluso ha llegado a enfrentarse a Obama que posiblemente ha sido el presidente norteamericano que más ha apoyado a Israel en las últimas décadas. Hace tres meses le concedió 38.000 millones de dólares para ayuda militar, «la mayor que jamás EEUU ha otorgado a un aliado».

Aunque no tiene sentido la actitud de Netanyahu y su gobierno, no hay que olvidar que es la que han mantenido los sionistas desde que los colonos judíos comenzaron a emigrar a Palestina hace un siglo. Incluso los que estaban dispuestos a dialogar, tarde o temprano, aceptaban las tesis radicales. Y es que no era fácil que quienes vivían en Palestina desde hacía siglos fueran a aceptar que se creara un nuevo Estado en su territorio. Cuando se vuelve la mirada hacia atrás, uno se pregunta sobre todo si es andaluz, cuál hubiera sido nuestra respuesta en el supuesto de que los herederos de los Omeyas sirios hubieran decidido, ante la tragedia que sufren desde hace muchos años, instalarse en Andalucía por considerarla la patria de sus ancestros. No hay que ir muy lejos para predecir el violento rechazo que habría generado en los habitantes de esta bella tierra a la que pertenezco, por más que debamos mucho a la civilización árabe.

Y previsiblemente así sucedió. Como explica, Ari Shavit, en su libro «Mi Tierra prometida. Triunfo y la Tragedia de Israel», los primeros judíos que comenzaron a emigrar a Palestina- entre ellos alguno de sus ancestros-, creían en general que había suficiente territorio para que árabes y judíos pudiera convivir en paz. Pensaban que podían aportar conocimientos, tecnología y dinero, lo que permitiría desarrollar la región y mejorar el nivel de vida, incluso, de los pacíficos campesinos que allí vivían. Este sueño quizás pudo ser posible pero que requería tratar de igual a igual a los nativos. Impulsados por los sufrimientos que habían padecido durante siglos, los recién llegados creían tener un sacrosanto derecho a ocupar esas tierras. No tuvieron, salvo excepciones, ni la grandeza ni el respeto necesario. «Cuando mis antepasados empezaron a instalarse en la región -sigue diciendo este autor- no veían a los palestinos, solo veían sus antiguas historias y sus mitos….y en general no los consideraban como iguales». Según fue aumentando el número de colonos surgieron los enfrentamientos: no solo despreciaban a los que no veían, sino que comenzaron a desalojarlos de sus tierras.

No todos los que llegaban eran colonos de buena fe. Algunos como Zeev Jabotinsky e Israel Zangwill, no se andaban por las ramas. El primero, nacido en Odesa, publicó un opúsculo en 1923 en el que sintetizaba la filosofía sionista. Expuso su tesis de que ningún pueblo admitiría ser colonizado por otro salvo que este último se impusiera por la violencia: sólo con un Muro de Hierro, un ejército invencible, se podía realizar el sueño sionista. Una vez doblegado el pueblo palestino, sería el momento de ver que concesiones se hacían. Israel Zangwill hijo de inmigrantes rusos, nacido en Londres y autor de un libro de éxito «Los hijos del gueto», iría todavía más lejos. En un discurso incendiario que pronunció hace casi cien años en Nueva York dijo que» como quiera que otros ocupan la tierra de Israel, sus hijos deben estar listos para sacar a punta de espada a las tribus que ahora están en posesión de la tierra, al igual que hicieron nuestros antepasados».

Poco a poco fueron enfrentándose las dos partes. Los sionistas atacaron incluso a sus aliados británicos. La organización terrorista, lrgun, que dirigía Mohamed Begin, posteriormente presidente de Israel, se atrevió a volar el Hotel King David el año 1946, causando noventa y un muertos y más de un centenar de heridos. Gran Bretaña decidió abandonar la región para no enfrentarse a los sionistas. Estalló la guerra entre Israel y Palestina que finalizó con la victoria israelí y el desastre palestino, la Nakba. Se creó el Estado de Israel en el año 1948, sin que incomprensiblemente se fundara otro Estado para los palestinos, que se vieron obligados a abandonar sus hogares. Hoy día según las Naciones Unidas superan los cuatro millones y no parece que puedan volver. Esta situación haría surgir con fuerza el islamismo político basado en una radical interpretación del Islam. El odio a Occidente por su doble vara de medir, sembró los cimientos de la irracional locura yihadista. El desastre palestino distorsionaría Egipto, Siria y Jordania; la guerra de los seis días en el año 1967 acabó con Nasser y el nacionalismo árabe laico. El conflicto se ampliaría al Líbano que descoyuntó Ariel Sharon. Se extendería a la región y afloraría las divisiones étnicas y religiosas subyacentes. Se produjo la sangrienta guerra entre Irak e Irán. Surgió la teocracia iraní y se agudizó el choque entre sunitas y chiitas. EEUU intervenía apoyando a cualquier precio a Israel y aunque trataba de promover la paz, no lo conseguía. Los atentados de la Torres Gemelas nublaron la vista de sus gobernantes quienes, con la ayuda de los británicos, decidieron acabar con Sadam pero terminaron por destruir lrak. Luego vinieron las sucesivas invasiones de Gaza, y para colmo de los males estalló la terrible guerra civil de Siria que pudo haberse evitado. Ha generado la tragedia y el problema de los refugiados, en alguna medida el caballo de Troya de Europa que, al no saber cómo resolverlo, ha decidido plegarse al despotismo de Erdogan, dispuesto a acabar con el pueblo kurdo tras haber flirteado con el yihadismo.

Actualmente Israel no anda lejos de alcanzar las metas de Jabotinsky. Es de temer que con la llegada de Trump, los halcones israelíes pretendan moverse hasta las posiciones de ZangwiiL. Sorprende que el actual gobierno de Israel esté decidido a traicionar los ideales que hicieron de los judíos un gran pueblo. Consolidado su Estado, ha llegado el momento de reconocer a los palestinos los mismos derechos que los judíos han exigido a lo largo de su historia. Si no fuera así, las grandes potencias, Norteamérica, Rusia y Gran Bretaña que han contribuido a esta tragedia, deberían imponer la paz y acabar con este conflicto que ha destruido cientos de miles de seres humanos y en el que se han despilfarrado miles de millones de dólares en armamento que podían haber hecho florecer Oriente Medio, en su día Cuna de la Civilización.

Jerónimo Páez
Abogado.

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