Gabriel Albiac

La Turquía islámica es hoy estrictamente irrecibible por la UE

Lo será aún más a partir del 16 de abril

La Turquía islámica es hoy estrictamente irrecibible por la UE
Gabriel Albiac. PD

DOS ministros turcos expulsados de Holanda. En Ankara, bloqueada la Embajada holandesa.

Tayyip Erdogan da, en tanto, lecciones de democracia. Los 40.000 encarcelamientos y las 125.000 destituciones de funcionarios tras su triunfal golpe de Estado, lo legitiman como maestro en libertades.

Que Erdogan acuse a Alemania y Holanda de «nazismo», podría hasta tener gracia como chiste. Pero también los chistes tienen su lógica. La tienen, incluso, los más negros.

Y esa lógica es la de dos procesos electorales. En Holanda, las elecciones del miércoles marcan un envite crítico: nadie duda de que las ganará el nacionalista PVV de Geert Wilders, aunque no con la mayoría suficiente para formar gobierno. En Turquía, Erdogan somete el 16 de abril a referéndum la Constitución que impuso ya en enero al Parlamento.

El texto centraliza todos los poderes en una sola mano, la del presidente. Un Parlamento decorativo perderá cualquier función autónoma. El presidente se reserva el control y designación de los jueces cuando lo juzgue preciso; sus poderes son ilimitados y aspira a prolongarlos hasta, al menos, 2029: los dictadores tienen tendencia a ser muy optimistas en cuanto a su propia longevidad.

Naturalmente, el mitin que en Rotterdam había programado el ministro de Exteriores turco, Mevlut Cavusoglu, tenía la función de aleccionar a sus compatriotas residentes en Holanda sobre la piadosa conveniencia de sumarse a esa dictadura electiva que el padre de la patria turca les ofrece.

Holanda es la más vieja democracia del continente europeo, la tierra que, en el siglo XVII de Johan de Witt, fue el último refugio de todas las libertades.

Que sea sobre ese suelo sobre el que Erdogan desea hacer que sus ministros llamen a la abyecta sumisión teocrática, es una fea ironía.

Y fea ironía habría sido en cualquier momento. Pero, a cuatro días de unas elecciones generales en la cuales Wilders va a poner a prueba el hondo desasosiego de una sociedad que se siente acosada por el islamismo, el circo de los ministros turcos se vuelve peligroso.

Ni siquiera Erdogan puede ignorar las consecuencias del camino abierto tras la abolición de las libertades políticas en su país. Turquía es hoy estrictamente irrecibible por la UE. Lo será aún más a partir del 16 de abril, cuando su nueva Constitución la convierta en un Califato en guerra contra cualquier cosa que se acerque a la democracia.

Las décadas de negociación con la Unión Europa habrán ido a parar al basurero. Ni Erdogan tiene línea de repliegue, ni la Unión puede cerrar los ojos a una evidencia tan brutal como es el nuevo texto constitucional turco. Fin de partida.

Hecha su apuesta, Erdogan no tiene ya más opción que la de huir hacia delante. Provocar conflictos violentos con los países de la UE, ir rompiendo con todos del modo más ruidoso que esté a su alcance.

Y hacer de ese espectáculo liturgia para la unión sagrada del pueblo musulmán turco en torno a él. Es una apuesta peligrosa. ¿Le queda otra? Sí: le queda Rusia.

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