Gabriel Albiac

No hay en el populismo francés esos modos de patio de colegio que componen la escena de Podemos

No hay en el populismo francés esos modos de patio de colegio que componen la escena de Podemos
Gabriel Albiac. PD

UN debate a cinco abrió el lunes las presidenciales francesas. He revisado las tres horas de grabación entre envidia y desasosiego. Envidia, porque los cinco candidatos hacen, todos, discurso de Estado, esa cosa ausente de la política española.

Desasosiego, porque esta vez lo que está en juego no es una alternancia en la presidencia de Francia, esa monarquía electiva; está en juego la Vª República sobre la cual De Gaulle asentó, en 1958, la solidez de un país que entonces se desmoronaba.

Dos de los candidatos, el socialista Hamon y el izquierdista Mélenchon, anunciaron el «fin de la Vª República y el inicio de la VIª». Es un salto al vacío. ¿Cuál va a ser la reacción ciudadana ante una hipótesis tan cargada de riesgos?

El modelo de «la Vª» dotó a Francia de confortable prosperidad. Y de estabilidad blindada. Ni Argelia ni el 68 resquebrajaron las instituciones.

Y hoy, pese a su anacrónica carga funcionarial, Francia es, junto a Alemania, la Unión Europea. Todo lo demás queda en coro. Si hay algo claro en Europa es que un abandono francés o alemán aniquilaría el proyecto.

Fillon fue una sombra el lunes. Elegante y huidiza. La política perdona todos los delitos. Pero no a quien es cazado en ellos. El delito de Fillon es menor, pero ridículo. Mortal, pues. Racanear dinero público en propinas a esposa e hijos tiene tono de sainete. Su precio es letal: hace cinco meses, los Républicains tenían garantizada la victoria: por primera vez en la Vª, un presidente ni siquiera optaba a reelección. Hollande cedía cortésmente el cargo a los conservadores.

Entonces se produjo la avalancha de errores en cadena. Unas primarias completamente improvisadas hicieron candidato al peor de los posibles (lo mismo sucedería después entre los socialistas), sacando de la partida al único de verdad sólido, pese a sus turbiedades, Sarkozy.

Luego, Fillon fue pillado como benefactor de su prole. Era el momento de dimitir. Le falló el reflejo. Los conservadores pagarán el precio. Ni siquiera se molestaron sus contendientes, el lunes, en machacarlo por su corrupción. No era necesario.

Hamon no existió en el debate. Abandonado por Hollande, despreciado por quienes veían en Valls la única vía socialista lógica, Hamon arrastra, como puede, el drama de su candidatura. Cargará con los peores resultados en la historia del PS.

Mélenchon podría resultar simpático. Es un hombre de otro tiempo. Tiene mi edad y le adivino trayectorias similares: no puedo evitar hacia él cierta ternura. Y aprecio que el último izquierdista de Francia tenga la dignidad de llamar a défaire -o sea, a «destrozar»- militarmente al enemigo yihadista sobre su propio territorio. Por aquí, los de Carmena lo llamarían facha.

Le Pen es un peligro. Mayor. Su padre servía como herramienta a los dos grandes partidos para erosionarse mutuamente votos. Ella impone ahora que un populismo explícito puede gobernar en Francia. Sus tesis -retórica migratoria aparte- son idénticas a las de Pablo Iglesias entre nosotros.

Su peligro es superior, porque, a diferencia de éste, ella sabe lo que dice. No hay en el populismo francés esos modos de patio de colegio que componen la escena de Podemos. Si Le Pen llega a la presidencia, Francia saldrá de la UE en seis meses. Y la UE habrá caducado.

Queda Macron. De quien Houellebecq dice recordarle a un impávido replicante de Blade Runner. Glacial siempre. Y risueño. Con un viento a su favor, que él ni hubiera imaginado. Es la última frontera, antes de que la Vª salte. Y Europa.

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