Ignacio Camacho

La política española vive saboteada por el gamberrismo

Escaramuzas, provocaciones, «trolls», tretas fulleras, desplantes cínicos

La política española vive saboteada por el gamberrismo
Ignacio Camacho. PD

SIN estabilidad de gobierno y sin capacidad para producir avances, ideas o proyectos, la vida pública española se ha instalado en una fase de gamberrismo. Escaramuzas parlamentarias, provocaciones institucionales, estratagemas de corto alcance, tretas fulleras, desplantes cínicos.

La llamada nueva política desdeña los problemas del país y sustituye el debate por una colección de martingalas y trucos propagandísticos. Sus líderes se comportan como trolls de internet, saboteadores de iniciativas, reventadores sin otro propósito que el de armar ruido. No tienen más regla que la del espectáculo; su estrategia es la del caos y su método, el filibusterismo.

En este desafío insurgente al statu quo compiten Podemos y los nacionalistas, las dos variantes españolas del populismo. Los primeros se han instalado en una espiral de activismo desafiante que cuestiona el sistema y torpedea cualquier consenso político.

El lenguaje de Pablo Iglesias se ha vuelto deliberadamente faltón, a veces incluso macarra, y su partido da cobertura a todo grupo antisistema o insumiso.

Este 22 de marzo de 2017 recibieron en el Congreso a los familiares de unos agresores acusados de terrorismo. Abandonada la moderación táctica del ciclo electoral, se han entregado a un discurso radical, hostil, agitador y trincherizo.

Podemos actúa desde la oposición, lo que al menos sirve para contextualizar su intención desestabilizadora en un plan de desgaste, bloqueo y asalto. Sin embargo, los nacionalistas catalanes ocupan el poder institucional y lo utilizan como plataforma para amotinarse contra el Estado.

Su actitud retadora, insurrecta, de situarse fuera de la ley busca una confrontación lineal para sacar rédito victimista del escándalo.

La apelación de Artur Mas y sus colaboradoras a los principios constitucionales para recurrir una condena por desobediencia ¡¡al Tribunal Constitucional!! constituye una cima de cinismo, chulería y descaro.

Su escalada provocadora obedece a una perfecta conciencia de insubordinación que, situados como están en el límite de la tensión política y civil, han convertido en una suerte de ultima ratio. Al igual que los populistas, extreman la tirantez para desencadenar un proceso de ruptura por cansancio. Pero si Podemos está en el principio de su inyección de estrés político, el soberanismo se halla al final de su propia fuga hacia adelante; no le quedan muchos más recursos más allá del desacato.

Entre unos y otros, la política gamberra se ha apoderado del escenario. El Gobierno carece de mayoría para hacer otra cosa que resistir en medio del atasco, y no puede esperar ayuda de un PSOE colapsado.

Pero la mayor parte del país se siente inerme ante este impune deterioro deliberado que sólo puede conducir a la crecida del desencanto. Una clase dirigente átona, sin respuestas, no da idea de prudencia sino de apocamiento, de inutilidad para reparar los daños.

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