Manuel de Prado

Corrupción y partidocracia

Corrupción y partidocracia
Manuel de Prado.

Después de casi diez años participando en la vida política de España de manera activa, he podido llegar a varias conclusiones sobre la corrupción.

En primer lugar, tengo la absoluta certeza de que la corrupción como tal es consustancial al ser humano. Eso no quiere decir que todos seamos corruptos, o que todos los que puedan meter la mano la metan. Pero la corrupción no es solo lo que se ve desde el punto de vista penal. Hay una corrupción moral, inherente a la supervivencia en un partido político. Todos los que hemos militado activamente en distintos partidos políticos, nos hemos visto en situaciones en las que nuestros principios chocaban frontalmente con las decisiones del partido. He conocido a muchas personas que como yo trabajaban en la política desde las bases. Les he conocido de todos los partidos. A priori estoy convencido de su honradez, y no obstante, también estoy convencido de que en ocasiones han visto cosas irregulares, y han tenido dos opciones: o taparse la nariz y aceptar lo que venía, adaptándose a la «verdad oficial», o abandonar la política activa, bien de manera voluntaria, o bien por haber sido apartados de la vida activa del partido.

¿Cuáles son los motivos por los que un afiliado colaborador es capaz de taparse la nariz y, olvidándose de los motivos que le llevaron a estar en política, acepta la verdad oficial? Normalmente son de dos tipos. O bien creen firmemente que tapando los fallos hacen un favor al partido para que este pueda seguir adelante, (a fin de cuentas, el partido lo está haciendo bien, y no tiene sentido que por este poquito se eche a perder tan buena labor), o bien tienen intereses personales en taparse la nariz, algo que ocurre con frecuencia una vez que el partido despunta electoralmente y hay cargos electos, puestos de confianza, cargos orgánicos que cobran dinero, en definitiva, como siempre se ha dicho, con las cosas de comer no se juega.

Y resulta muy importante darse cuenta de que las grandes corrupciones no quedarían impunes si aquellos que las pueden detectar, siempre personas activas en las bases, no se callasen. Y ahí es donde entra en juego la partidocracia. Para quien no lo sepa, esta democracia en la que vivimos es una democracia bastante imperfecta que desde el principio ha derivado en un gobierno de los partidos. Los partidos políticos, por mor de conseguir el poder a toda costa, o incluso por mantener su propia existencia, hace tiempo que se olvidaron de los ciudadanos, y solamente se representan a sí mismos, amparándose en un sistema electoral que ha conseguido que en la política española el síndrome de Procusto esté muy acusado, premiando especialmente la mediocridad, y olvidando la meritocracia.

Las listas electorales cerradas y bloqueadas mantienen un estatus de adoración al líder, que es el único que te puede incluir en una lista, o en su defecto, buscarte una colocación como asesor, o «ya te encontraremos algo, pero ahora no molestes».

En España, la mayoría de los ciudadanos no tiene ni idea de a quién vota, y tampoco les preocupa mucho. Además no se les piden cuentas, entre otras cosas porque no existe una oficina donde acudir a ver a sus representantes, y no solo a nivel nacional, sino autonómico o local. No hace falta, porque los representantes públicos en España no tienen que rendir cuentas ante nadie que no sea el amado líder, que es de quién depende exclusivamente su supervivencia. Ciertamente, podríamos ahorrarnos la mayoría de los sueldos de lo diputados, si simplemente los portavoces votaran las iniciativas parlamentarias con un voto ponderado en función de los escaños obtenidos por cada grupo, puesto que, si bien la constitución garantiza que los diputados no estarán sometidos a mandato imperativo, la realidad es que todos los diputados tienen una disciplina de voto, y no solo es importante porque les multan, algo aberrante en sí mismo, sino que se arriesgan a no estar en la próxima legislatura, y eso es un auténtico drama para muchos, porque fuera de la vida política no podrían ganar nunca lo que ganan dentro de ella.

Ha llegado el momento de cambiar el paradigma de la representación. El único mandato imperativo que tienen que tener los representantes públicos debe de ser ante sus electores. Las democracias anglosajonas, de las más antiguas del mundo, tanto la de Estados Unidos como la británica, tienen como modelo de representación al Diputado de Distrito. Una figura que es elegida nominalmente en su distrito, y, si bien representa a una formación política dentro de un marco programático amplio, se debe a su distrito, puede ser revocado, es elegido a doble vuelta en caso de no obtener mayoría absoluta en la primera vuelta, y como miembro del Poder Legislativo, hace un control real y efectivo del Poder Ejecutivo. Esta figura permite que varios candidatos se presenten incluso por un mismo partido, así como candidatos independientes, compitiendo por la representación en su distrito, y garantizando que los electores le conozcan, teniendo una oficina a la que acudir en caso de queja, y arriesgándose a una revocación en caso de no cumplir con el pacto no escrito que se firma entre electores y elegidos.

* Portavoz de la plataforma #DiputadoDeDistrito en Santa Cruz de Tenerife

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