Isabel San Sebastián

Los ‘camisas pardas’ catalanes

La «operación diálogo» se ha saldado con una sucesión ininterrumpida de humillaciones

Los 'camisas pardas' catalanes
Isabel San Sebastián. PD

EL nacional-socialismo alemán del siglo pasado contó para su ascenso al poder con una tropa de asalto posteriormente disuelta llamada Sturmabteilung, cuyos integrantes han pasado a la historia con el apelativo despreciable de «camisas pardas».

El nacionalismo vasco dispuso, hasta bien entrado el XXI, de una banda armada conocida por sus siglas, ETA, experta en sacudir el árbol del terror para que el PNV se hartara de recoger nueces. El nacionalismo catalán embarcado en el actual «prusés» tiene a las CUP.

Los métodos de estas fuerzas de ataque varían, pero todas ellas comparten un mismo afán intimidatorio. Una función idéntica, consistente en someter por el miedo a quien no se deja adoctrinar mediante la propaganda o el soborno. Igual ausencia de escrúpulos a la hora de ejercer su rufianesca tarea. Y lo peor es que tienen éxito. Consiguen lo que se proponen.

Allá donde asientan sus reales logran subyugar o callar a una parte mayoritaria de la sociedad asediada, que prefiere mimetizarse con el paisaje, emigrar o simplemente inhibirse antes que enfrentarse a esa horda.

Los «camisas pardas» catalanes, buenos amigos de Batasuna, han asaltado la sede del PP en Barcelona en lo que, en su opinión, constituye una «acción política de calle» perfectamente respetable y en absoluto violenta.

No ha corrido la sangre, argumentan, luego su conducta encaja en los cánones que rigen su concepto de la democracia, que ampara pedir públicamente tiros en la nuca para el Rey como algo de lo más normal. Les sorprende por ello que alguien pueda condenar su acción.

En particular, que lo hagan los portavoces de ERC y PDECat (la antigua CiU) en el Parlament. Y en este punto, confieso, debo darles la razón. Resulta bastante hipócrita verter lágrimas de cocodrilo sobre algo que estás alentando con un victimismo infame.

Condenar con la boca chica unos hechos comprensibles y hasta susceptibles de ser secundados si hubiera algo de cierto en el escenario de opresión que fue a dibujar Puigdemont en un sótano del campus de Harvard, comparándose con Luther King. Renegar, de cara a la galería, de la «vanguardia» que te abre camino.

Los «chicos de la gasolina» del separatismo catalán han irrumpido por la fuerza en los locales del PP la víspera de que Rajoy llegara a la Ciudad Condal en funciones de Melchor, Gaspar y Baltasar, con más de 4.000 millones de euros en las alforjas. Euros salidos de nuestros bolsillos, los de todos los españoles, generosamente prodigados a modo de tributo por ver si de esa forma se convencen los más díscolos de lo bueno que es permanecer juntos.

Euros que confirman a Cataluña como la comunidad mejor tratada en los últimos diez años de cuantas componen el mapa autonómico, con casi un 20 por ciento de las inversiones en infraestructuras. Euros a los que pronto se sumará una quita de la deuda, nos anuncia el ministro Montoro, para dejar bien claro que atenerse al presupuesto disponible a costa de grandes sacrificios, como hace Madrid, es propio de imbéciles, porque lo inteligente es gastar lo que no se tiene en «construcción nacional» y otros caprichos, entramparse hasta las cejas, y luego llorar bien alto para que papá Estado, al que acusas de estar robándote, se haga cargo de la cuenta.

La «operación diálogo» del Gobierno en Cataluña se ha saldado, hasta la fecha, con una sucesión ininterrumpida de humillaciones por parte de los supuestos interlocutores locales, pero siempre hay hueco para una más cuando la capacidad de aguante es ilimitada.

La suya, claro. La de otros muchos lleva ya tiempo colmada.

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