Laureano Benítez Grande-Caballero

La crazya de los priapenses

La crazya de los priapenses
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Aunque el feísmo okupa es el rasgo distintivo de la kulturpodemita –acrisolada en las retortas de patios maravillosos y en las cloacas del NOM–, eso no es óbice para que los antisistema puedan presumir de contara en su currículum con un mito griego, que es muy resulton a la hora de darles un barniz clasicista de cierto pedigree, con el cual puedan disipar un poco la cochambre perroflautera que constituye su seña de identidad.

¿Cuál es este mito? Pues el de Príapo obviamente. En la mitología griega, Príapo era un rústico dios menor de la fertilidad, la cual se representaba en sus imágenes bajo el símbolo de un enorme falo siempre erecto. Se le invocaba para pedir cosechas abundantes, y para combatir el mal de ojo.

Hay muchas razones para afirmar que el mito de Príapo es el más indicado para los podemitas. En primer lugar, si ellos mismos se definen como una «máquina del amor», esta definición les conduce inexorablemente hacia el priapismo. Si le añadimos corazoncitos arcoirisados, las sonrisas de un país, genitarte, coños insumisos, performances sadomasos en centros culturales madrileños, y el directorio de un machoporíapo y priapoalfa, pues el corolario final es una bakanal priápica desencadenada, y esa freudiana obsesión erotika del mundo podemita, que ha llegado a proponer, por boca de su insigne hierofante Irene la Montero, que se sustituyan las misas de TVE2 por programas de educación sexual. Imagínense qué tipo de contenidos habría en esos programas: puro LGBTI, lo menos.

Y también hay Príapas en las filas radicales, así que aquí no vale la acusación de machismo. Sin ir más lejos, tenemos a Rita «la quemaora», excelsa vestal priápica, que juega a ser Jezabel o la Gorgona, con sus ovarios –previamente limpiados de rosarios– permanentemente excitados por aquello de que le molan las bolas chinas. ¿No es acaso priápica esa consigna de «poder clitoriano» que vociferan las femens?

Un caso especial es el de Anna Gabriel, la lideresa CUP, que también valdría para Príapa, si no fuera porque lo suyo es ir de Venus de Willendorf cuasi neanderthala cuando propone que sea la tribu quien tenga y eduque a los hijos.

Pero el priapismo podemita va mucho más allá de sus obsesiones sexuales. Realmente, esta tribu ha inventado una nueva forma de hacer política, que vulgarmente podría definirse como activismo tocapelotas, pero que yo definiría como democrazya priápica. Lo de crazya va por calificar sus locos y estrambóticos numeritos circenses, pertenecientes por igual al mundo de las payasadas que a la psiquiatría; y lo de priápica se refiere al hecho de que esta chusma, en su neurótica obsesión por salir como sea en los titulares y chupar cámaras que le mantengan en el primer plano de la actualidad, presenta un grado de excitación tan permanente, que cae en el priapismo más agudo y descontrolado.

Siempre vociferantes, siempre desgañitados, siempre nerviosos, amenazadores, enseñando lobunamente sus colmillos, agitando la actualidad con sus mamarrachadas, con sus numeritos, con sus shows, en permanente erección revolucionaria, como si hubieran tomado una buena dosis de viagra para tener la adrenalina necesaria para su continuo y cojonero afán de agitar las calles con sus movilizaciones, de hacer del Congreso un escenario tipo «Sálvame», de ejecutar sus escraches como los enamorados hacían antes sus rondas. ¿Qué otra cosa sino un falo permanentemente erecto, priápica, es el ridiculo puño levantado con que muestran su persistente excitacion, su indesmayable deseo de notoriedad, su caliente instinto de satisfacer la egolatría de su inmadurez?

Así que España ya tiene otra patente, perteneciente al mundo del esperpento, por supuesto: la demospocrazya. Y es que tanto priapismo conduce directamente a eso: a la crazya más absoluta.

Y ojo al dato, porque Príapo era el dios protector de cabras y ovejas. Lo de las cabras encaja a la perfección con la crazya podemita, representada por su casta dirigente; en cuanto a las ovejas que les siguen y votan, podría decirse aquí aquella coplilla que Thomas Alva Edison grabó en su recién inventado gramófono: «Príapo tenía una ovejita, de lindo y blanco vellón; y, dondequiera que Príapo iba, la ovejita iba en pos».

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