Ignacio Camacho

España encarna la última esperanza de amparo político y moral para millones de venezolanos

España encarna la última esperanza de amparo político y moral para millones de venezolanos
Ignacio Camacho. PD

NO se puede decir que el Gobierno español, más preocupado de nuestros inversores en Venezuela que de la suerte democrática de los venezolanos, haya reaccionado con mucha contundencia ante el autogolpe de Maduro.

Aunque de poco servirá la prudencia oficial, siempre tiene la coartada (moralmente dudosa) de los intereses de Estado. Más libre de manos, y tampoco las ha usado para escribir una condena concluyente, está en teoría el Partido Socialista si no fuera porque, vaya por Dios, ha sido el ex presidente Zapatero el presunto mediador que lleva meses zascandileando por Caracas con el resultado habitual de todas sus gestiones: un rotundo fracaso.

Es asombrosa la capacidad de este hombre para malograr cualquier iniciativa o proyecto en que se halle embarcado. En este caso la suposición de incompetencia le beneficia porque los miembros de la oposición antichavista sospechan que su misión tenía objetivos menos desprendidos de los que se le supone a un árbitro.

Con todo, y pese a la tibieza, los partidos constitucionalistas han cumplido su obligación de repulsa más o menos matizada por el tacto diplomático. Ésta es la hora en que falta Podemos por subirse siquiera en el estribo de ese carro.

Cada desmán de Maduro, y mira que han sido frecuentes, ofrece al partido de Pablo Iglesias una nueva oportunidad de marcar distancias ideológicas con su antiguo tutor venezolano. Una tras otra las desperdicia con un tesón que no puede resultar sino voluntario; estos días anda volcado en defensa de la tuitera Cassandra y sus chistes macabros sobre Carrero Blanco.

Disculpas, casuismos, pretextos, elipsis; en cuanto Venezuela anda por medio todo se vuelve un despliegue de evasivas y circunloquios en la retórica de unos dirigentes que blasonan de su lenguaje directo y franco. La asociación con el chavismo les irrita tanto como les cuesta repudiarlo.

Alguna clase de vínculo ha de existir que justifique esa terca renuencia a la emancipación, esa vacilación continua ante el parricidio psicológico freudiano.

Y sí se trata de una cuestión importante: primero por decencia democrática y segundo porque España no se puede quedar al margen del destino de un país hermano. La influencia moral española en Latinoamérica es inexcusable y hay que ganarse el liderazgo.

Millones de venezolanos esperan encontrar en nosotros un anclaje de apoyo, una referencia de amparo para su libertad amenazada por los abusos de un régimen criminal y patibulario.

Hugo Chávez siempre supo compaginar su deriva autoritaria con una débil fachada democrática en las instituciones que su sucesor ha dinamitado. El golpe contra el Parlamento acaba con todas las simulaciones y coloca a la sociedad civil en situación de indefensión frente a una tiranía en colapso.

La nación de las Cortes de Cádiz es casi su de Podemos nada cabe esperar pero los demás no tendremos perdón si les fallamos.

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