Víctor de la Serna

Libertad (también) para esos lunáticos de Twitter

Libertad (también) para esos lunáticos de Twitter
Víctor de la Serna. PD

Otra vez. El penoso asunto de ese personaje estrambótico que propugna o celebra -según que se hayan producido ya o no- a través de Twitter las muertes violentas de quienes le caen mal, personaje que ha sido condenado por apología del terrorismo, nos coloca de nuevo ante el muro de la libertad de expresión y de sus límites. No sirve de nada, para qué negarlo, pero intentemos una vez más explicarlo…

No es fácil porque, según las últimas encuestas, lo que más ha cambiado en las actitudes de la actual juventud europea y española ante la vida y los valores, comparándolo con la generación anterior, es que la libertad de expresión le interesa mucho menos.

Y muchos se quedarán de piedra si se les recuerda el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, texto sin duda antediluviano e ininteligible para muchos de ellos:

«Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión».

Y es que hoy parece que lo incorrecto, lo chocante, lo indignante, lo machista no se puede, no se debe decir ni escribir. Y a casi todo el mundo le parece bien esta nueva situación de libertad condicional.

Tampoco los tribunales españoles parecen recordar principios de las Naciones Unidas que deberían informar las leyes de, al menos, los países democráticos y erradicar los delitos de opinión. Pero es que la rendición ante la nueva censura alcanza todos los ámbitos, incluidos los legislativos y los judiciales.

Es muy lamentable que una generación que no ha tenido que luchar -siquiera pacíficamente- por las libertades esté renunciando tan a menudo a una de las fundamentales. Libertad de expresión debería significar que se tolera lo más opuesto a las ideas de cada cual, lo más indignante.

Que ese personaje estrambótico se cueza en su propia miseria moral y en el desprecio de los demás, que también es libre. Pero nunca en una cárcel. Y que los defensores del personaje estrambótico defiendan también la libertad de quienes profesan las ideas opuestas.

El periodista y autor Timothy Garton Ash, gran estudioso de las libertades, ha publicado recientemente un libro que debería servir de base para una recuperación actualizada de esos valores, Libertad de palabra: Diez principios para un mundo conectado (Ed. Planeta), en el que se esfuerza por acotar los terrenos -la amenaza, la extorsión, la invasión de la intimidad…- en que hoy se debe modular esa libertad.

Pero manteniéndola en lo esencial, aun donde y cuando chirría. Deberían leérselo muchos jueces y muchos jóvenes ansiosos de acallar a quienes no comulgan con ellos.

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