Teodoro León Gross

Terror, libertad, Cassandra…

Terror, libertad, Cassandra...
Teodoro León Gross. PD

Los tuits de Cassandra retratan a una adolescente problemática fascinada por el olor de la sangre, una mente juvenil caótica y enfurecida, un ser humano de segunda capaz de desear la muerte con la mismísima alegría de la huerta, pero ver allí enaltecimiento del terrorismo o humillación de sus víctimas requiere estar en una burbuja leguleya muy desconectada de la realidad.

Claro que esto no sólo habla mal de los tres jueces ya bastante desacreditados de la Audiencia Nacional, sino sobre todo de la ley reformada a su antojo por el partido gobernante con el rodillo de la mayoría. Como anotaba Montesquieu: una cosa no es justa por ser ley; debería ser ley porque es justa.

Urge reformular el artículo 578 antes de que los predios digitales de las redes, llenos de usuarios trabucaires sin apenas conciencia de operar en un nuevo espacio público, colapsen los juzgados.

Frente al oportunismo de Pablemos para tratar de eliminar ese tipo penal -a tono con su discurso ventajista sobre Alsasua- el delito de enaltecimiento es necesario, sobre todo en un mundo enfrentado a una guerra sin cuartel con el yihadismo. Pero colar ahí los tuits delirantes de Cassandra, que algunos califican de chistes, sólo devalúa la entidad del delito.

Lo de Cassandra no encaja en la semántica del terrorismo; término que requiere un rigor mucho más quirúrgico. Si se frivoliza la palabra, se frivoliza el hecho. El nacionalismo vasco, bajo la batuta de Arzalluz en los 90, ya introdujo violentos como sinónimo tramposo de terrorista para blanquear la imagen declinante del entorno abertzale. El lenguaje nunca es inocente. Como decía Anthony Lewis, legendario columnista del Times, autor de Freedom for the Thought That We Hate…, «seríamos pobres herederos de la Constitución si no creyéramos en el poder de las palabras».

Eso sí, tan asombroso es identificar esos tuits como delito de terrorismo, como el coro de voces que proclaman la libertad de expresión de Cassandra como si se tratara de un cheque en blanco. O no tan asombroso, si se piensa que en las redes han cultivado el mito de la utopía anarquista de la barra libre. Claro que su coherencia no dura ni cinco minutos; son los mismos que tres días antes exigían prohibir los mensajes del autobús de Hazte Oír. La libertad para quien se la tuitea.

La libertad de expresión -vayamos a 1º de Cultura Democrática- no es ilimitada. Bajo la idea tomasiana de «mi libertad acaba donde empieza la tuya», elevada a eslogan pop por Sartre, hay líneas rojas.

O si prefieren la versión más gráfica de O. W. Holmes: «la libertad de agitar mi puño termina donde empieza tu nariz». Los tuits de Cassandra llegan a ser agresiones ofensivas ad hominem. Ahí se sitúa el principio de ofensa de Feinberg. ¿De verdad hay que hacer notar que además de ella, también sus destinatarios tienen derechos?

Cassandra parece creer que ella puede escribir respetablemente «el asesinato de Rajoy va a ser una travesura infantil» o, mientras Cifuentes se debatía entre la vida y la muerte tras un accidente, «ojalá Cifuentes muera antes de las doce, será un puntazo…».

Es «la tentación de la inocencia» de Bruckner; el infantilismo de una sociedad que se resiste a asumir su responsabilidad. Claro que Cassandra era realmente casi una niña.

De hecho, no conoció el franquismo; su odio a Carrero debe ser cortesía de la Escuela Podemos, que ha usado la Transición para inventarles un enemigo a los jóvenes frustrados por la crisis. Pero Cassandra ya no es esa niña. Quizá debería empezar por dar muestras de entender la naturaleza miserable de sus tuits, antes de ser indultada de ese delito absurdo.

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