Luis Ventoso

¿El PPSOE?: La política de Rajoy es similar a la que haría un socialista de centro

La promesa ética acabó en los bochornos de Bárcenas, Granados y Valencia

¿El PPSOE?: La política de Rajoy es similar a la que haría un socialista de centro
Mariano Rajoy (PP), presidente del Gobierno de España. PD

Los nuevos presupuestos desbordan las capacidades reales de España, como saben sus autores, y engrosarán la ingobernable losa de deuda que estamos emplumando a las generaciones venideras

EN 2004 y 2008 Rajoy cayó frente a Zapatero. La primera vez por la manipulación política del dolor de un atentado, una vileza inaudita (véase cómo han cerrado filas en Londres).

La segunda vez porque la inercia económica mundial soplaba muy a favor, hasta el punto de que el irresponsable Zapatero pensaba que lo económico era jauja y se entretenía con la ingeniería social y reabriendo heridas (volver a la Guerra Civil y dar aire al separatismo).

Rajoy no es un candidato de pegada. Posee varias virtudes, pero su hándicap es que parte de la población no puede con él. Sin embargo en 2011 logró una espectacular mayoría absoluta.

¿Por qué? Pues porque el PSOE fue atropellado por el crack de 2008. Todos los partidos de Gobierno que concurrieron a las urnas en esas fechas perdieron. El descrédito del PSOE se agravaba por una atolondrada gestión de la crisis, negándola de modo infantil, y también había hartazgo por el clima de corrupción (no se olvide que era, y es, el partido del latrocinio de los ERE y que por entonces su ministro portavoz estaba en el juzgado).

Los votantes de Rajoy esperaban ante todo que sacase a España del marasmo económico. Pero hubo algo más en ese voto masivo.

Se demandaba una regeneración de la vida pública y una profundísima reforma del país, retirando entidades superfluas y podando y ordenado la hipertrofiada floresta autonómica.

Rajoy ha cumplido la parte medular del contrato: reflotó al país desde la sima, un hito que un día se reconocerá. Solo él y su equipo saben cómo bailamos en el abismo. Pero el resto de las expectativas de los votantes quedaron defraudadas, en parte porque las urgencias de la crisis monopolizaban los desvelos, y también por el talante del presidente.

La promesa ética acabó en los bochornos de Bárcenas, Granados y Valencia. Aunque después se impulsaron oportunas leyes anticorrupción, la mancha ha quedado. Lo de meter mano a las taifas autonómicas, ni mentarlo.

Frente al separatismo se ha defendido el imperio de la ley -¡qué menos!-, pero se actúa contra los sediciosos de forma acomplejada, sin defender con energía y altura discursiva la valía de España y los derechos de los españoles de Cataluña. La reforma educativa, imperfecta, se ha retirado de manera vergonzante.

Todo el paquete zapaterista de ingeniería social se ha dado por bueno, porque se entiende que lo quiere la calle.

Por último, pasada la agonía de la crisis, la política económica es similar a la que haría un socialdemócrata moderado, como han explicado en ABC dos excelentes artículos de Sagardoy y Pérez-Maura. No se percibe una vocación liberal, con una fiscalidad que devuelva en serio el dinero al bolsillo de los ciudadanos, porque este Gobierno, formado casi al completo por funcionarios, simplemente no cree en eso.

Los nuevos presupuestos desbordan las capacidades reales de España, como saben sus autores, y engrosarán la ingobernable losa de deuda que estamos emplumando a las generaciones venideras.

Pero en un país más bien alérgico a los números ese anecdotilla nada importa. Para bien o para mal, en la próxima campaña costará encontrar grandes diferencias entre Susana y Mariano, más allá de las capilares.

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