David Gistau

La Bestia

Rufián llegó todavía más tarde. Su dragón está muerto, tan remoto como la época que lo germinó

La Bestia
David Gistau. PD

HACE algún tiempo, recomendé la lectura de «El gigante dormido», de Ishiguro. Porque me trajo el recuerdo de unas lecturas juveniles muy gratas, las artúricas, las de Malory y Chrétien de Troyes, por más que Ishiguro retrate ese mundo cuando ya está fatigado y casi vaciado de magia.

Con todo, un pasaje evoca una de las situaciones más recurrentes de la literatura de gestas: la búsqueda, por parte de un paladín colmado de dones, valentía y pureza, de un maléfico dragón en cuya guarida se adentra con una bizarría y una donosura como para que ardan los laúdes.

Qué importa si a ese dragón vaya a matarlo para liberar a una comunidad sojuzgada, por sentido deportivo, para alimentar su propia fama o, simplemente, para impresionar a una doncella.

«El Español» ha publicado una trepidante ficción caballeresca ante la cual palidece el mismísimo Malory de «La muerte de Arturo».

En ella, un aguerrido «desfacedor de entuertos», un caballero de Tabla Redonda que no hace sino cabalgar por tierras inhóspitas sus votos camineros y que provoca con sus hazañas el arrancamiento masivo de ropa interior, penetra sin llevar siquiera un yelmo, una cota de malla o una adarga en la siniestra colina do mora una criatura mitológica tan feroz que él mismo, y por añadidura los bardos, la llaman La Bestia.

Resulta emocionante contemplar la subida del guerrero, entre pinares encantados, poblados por elfos que llevan tieso el brazo derecho, hacia la mismísima cueva donde no sabemos cuánto tardará el fascismo en demediar su frágil cuerpo de utópico hacedor de mundos mejores.

Se pasa mal, ¿eh? Cada arbusto que se mueve puede tratarse de una emboscada. Pero allá va My Lord Rufián por el Valle de los Caídos, lleno de aplomo aunque con cada pisada crujen los huesos de quienes lo precedieron en tamaña empresa, dispuesto a ser él quien por fin erradique a… La Bestia… a la que todavía el pueblo debe entregar primogénitos en sacrificio.

Nos alivia ver que Rufián no está solo, que camina con él un escudero que, en caso de aparecerse Franco -pues tal es el nombre de La Bestia- podrá comportarse como un caddie y aconsejarle con qué hierro trinchar al fascismo.

Pero Franco, ay, no se aparece. No se aparece siquiera un conejito blanco, como en la versión de los Monthy Phyton. La ficción de «El Español» recuerda en esto a la de Ishiguro, pues todo está concebido para terminar en un anticlímax.

El caballero de Ishiguro llega tarde, su dragón está extenuado, extinguido como su propio tiempo, y casi implora que le apliquen la eutanasia para reposar del todo por fin.

Rufián llegó todavía más tarde. Su dragón está muerto, tan remoto como la época que lo germinó.

Es una gran decepción para Rufián, que se queda ahí, con cara de politólogo, como preguntándose con qué va a impresionar a las doncellas cuando baje del Valle de los Caídos.

Habría que contratar un Franco falso que haga ¡bu!, como los zombis del parque Warner, para que los paladines de la democracia no hagan el viaje en vano.

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