Santiago López Castillo

Burriciegos (ni leídos ni escribidos)

Burriciegos (ni leídos ni escribidos)
Santiago López Castillo. PD

Es éste un ejercicio inútil que los coletas y demás crecepelos se lo pasan por el forro de los cojones. No obstante, me acojo al derecho del pataleo como un desahogo para poner negro sobre blanco el precipicio que vive nuestra lengua. También lo hizo -Dios me salve las comparanzas- Lázaro Carreter y nadie le hizo caso.

Deben estar pastando políticos y periodistas con «poner en valor», la mayor barbaridad de los siglos, ya no existe el verbo valorar, estimar el precio de algo, porque no se corrigen ni a tiros. Encima, un tal Herrera, que va de gracioso, popular y punto de macarra potencia la expresión «pienso de que», que, bien, será una coña propia pero sólo les puede hacer gracia a los «sudacas» y a los catalanes independentistas y unificadores que practican el «dequeismo» a rabiar.

En esta remesa de mal hablantes, figuran en primera posición, como casi siempre, los informadores deportivos que no contentos con llevar a Franco y al Papa bajo palio, sitúan al portero de tal o cual equipo «bajo palos». Se desviven por los nombres extranjeros, se ríen de los foráneos que no saben español, y ellos, los pobres, no conocen una palabra en francés en inglés o en suwahili y entrenamiento es voz empleada por «stage«. Luego, la banda de los Valdanos al penalti lo llaman penal, y por qué no de Chinchilla o de Chin-Chin.

En otros pasajes de la vida, se repite «la peli«, el «finde«, el «prota«, que con tanto denuedo pronuncia esa vacua locutora de las ondas vaticanas, que es tan osada en hablar de lo que no sabe.

– ¿Y qué se puede hacer para remedar a estos cafres?
Es un esfuerzo inútil. Los coadyuvantes siguen aferrados al calco de la estulticia y al eufemismo y a la metáfora balompédico linense. A la defensiva de un equipo se le llamaba en tiempos «echar el cerrojo». Ahora, no; ahora la delantera enemiga habrá de «abrir la lata» de la zaga de enfrente. Emocionan, pues, las sardinas en escabeche. Y los rivales tanto políticos como deportivos para que no les llamen franquistas enseguida sacan el Estado español, acuñación habitual en Cataluña y Vascongadas que provocaba las iras de Cela en su paso por el Senado:

– «¡En el norte del Estado español no llueve, cojones!«
Y qué no decir del comienzo de los partidos de fútbol. Los Lamas, no los tibetanos, ya no advierten de que comienza un encuentro; todo son inicio, que es la palabra mágica del ordenador que sirve para encender y apagar. Y, para, exasperarme, tirarme de los pelos e incluso suicidarme, está la palabra evento, con la que tanto se rebozan mis colegas. Ha desaparecido el vocablo acontecimiento para ser sustituido, si me apuran, por tirarnos un pedo, siempre que la ventosidad sea un gas intestinal con la calidad de Cepsa. El simpático Herrera es maestro de ceremonias, ¡cuánta gilipollez!

– ¿Y los pronombres?
– Me alegro que me haga esa pregunta.
– Detrás, suyo.
– No, amigo, usted está detrás de usted.
– ¿Y qué me dice de la pronunciación de los números cardinales? Veinte ya no es veinte, sino vente. Como si nos fuéramos a dar una vuelta por el pueblo.

LENGUAJE SEXISTA, ¡NO!

Finalmente, lo que me saca de mis casillas es el lenguaje sexista en que se ha emponzoñado la izquierda zafia. Y están todo el día con españoles y españolas; periodistas y periodistos; hembras y hembros; todos y todas… Bendito el día en que Dios nuestro Señor nos trajo a un iluminado ser feministo por antonomasia coreado por las zurupetas pajines y las bibianas aidos.

El asunto es serio: si alguien quiere sacudirse complejos, le diré que el masculino genérico no es un invento para molestar a las mujeres. Es un resto de la época pregenérica del Indoeuropeo. Estudien, señoras, un poco de lingüística, por ejemplo, la teoría del género.

Aun guardo en mis estanterías de colegial la gramática de Miranda Podadera, y eso sí que era estudiar.

– ¿Y del Papa Francisco, qué me dice?
– Que se calle, leñe.

Punto y final

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