Ignacio Camacho

Mariano Rajoy, Murcia, el Poder y los Principios

No era por principios. En cuanto ha peligrado el poder lo han puesto en la calle con su presumida inocencia a cuestas

Mariano Rajoy, Murcia, el Poder y los Principios
Ignacio Camacho. PD

HABLABAN de principios pero se trataba del poder. Se suponía que toda la resistencia ofrecida por el PP en el culebrón murciano obedecía a una defensa encendida de la presunción de inocencia bajo el efecto de los remordimientos por el desgraciado caso de Rita Barberá.

Rajoy ordenó al presidente Pedro Antonio Sánchez aguantar la precipitada petición de dimisión por parte de Ciudadanos y situó a Rivera ante el órdago de mantener sus escrúpulos vestales o romper el Gobierno de centro derecha para apuntarse a un tripartito de izquierdas con el PSOE y Podemos.

No estaba mal: se jugaba una jurisdicción autonómica por una cuestión de valores. Las garantías constitucionales y tal. Pero el órdago tenía sus límites. Y cuando sus propias contradicciones empujaron a Cs a la moción de censura los principios se han disuelto en el agua hirviendo de las urgencias. PAS a la calle con su presumida inocencia a cuestas.

En puridad, debería haber dimitido en el momento mismo de su imputación, por la simple razón de que se había comprometido a ello en cuanto surgiese la menor sospecha.

Y surgió, ad maiorem. El estado mayor del PP respaldó su negativa a renunciar en el argumento de la famosa presunción, y esa decisión desencadenó un cúmulo de despropósitos en el que sólo los socialistas han resultado coherentes: entrevieron la oportunidad de gobernar y obraron en consecuencia.

Pero la situación procesal de PAS continúa siendo idéntica: su imputación en el caso del Auditorio de Puerto Lumbreras está por confirmar y la de la Operación Púnica la tiene que resolver, pese al auto de la Audiencia Nacional, el Tribunal Superior de Murcia.

Lo que ha cambiado es que pasado mañana lo iban a desalojar del poder y que, en el largo mes de idas y venidas, Rajoy ha cerrado con Rivera el acuerdo de los Presupuestos del Estado, su principal objetivo de la legislatura.

Así que el envite lo ha ganado Ciudadanos, que ha acabado logrando lo que pidió y zafándose del incómodo expediente de tener que pactar con Podemos para mantener su virginidad sin arrugas.

Y lo ha perdido el marianismo, aunque conserve la hegemonía institucional; pero sobre todo lo ha perdido la coherencia moral, reducida a una mera simulación, a una impostura. La teórica inocencia de Sánchez era un pretexto retórico que no ha resistido la presión del pragmatismo político como razón última.

Lo peor de todo este sainete es que seguimos sin saber cuándo debe dimitir un dirigente involucrado en asuntos de corrupción, aunque sepamos cuál es el precio de su renuncia.

El límite no es la imputación ni el juicio oral sino el momento en que peligre un pacto de investidura. Principios móviles, retráctiles, tornadizos. Al garete los casuismos jurídicos. Los próximos próceres investigados ya conocen que el único criterio al que deben atener su continuidad es el de la conveniencia de su partido.

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