Jaime González

Congreso de los Diputados: La poesía es un arma cargada de futuro

Congreso de los Diputados: La poesía es un arma cargada de futuro
Jaime González. PD

Del «se la pela y se la bufa» de Pablo Iglesias -una vulgar imitación del «Truculentus» de Plauto- hemos pasado -sin solución de continuidad- al soneto parlamentario, aunque al diputado socialista Torres Mora haya que recordarle, agradeciéndole el gesto, aquello de «Un soneto me manda hacer Violante / y en mi vida me he visto en tal aprieto / catorce versos dicen que es soneto / burla burlando van los tres delante», porque, por muy meritoria que fuera su intención y pretenda hacernos creer que lo suyo es un soneto alejandrino, la métrica deja mucho que desear.

En cualquier caso, la diferencia entre Pablo Iglesias y Torres Mora no está en el empleo más o menos correcto de los endecasílabos, sino en la educación.

El primero es un zafio con ínfulas de pensador; el segundo, un parlamentario socialista reñido con la métrica -la rima cruzada es muy puñetera-, pero hábil a la hora de dotar a su labor de oposición de unas reconfortantes gotas de humor.

El problema de Pablo Iglesias y de la izquierda radical es que conciben la política como una guerra en la que no hay adversarios, sino enemigos, la clásica visión del totalitario que no entiende de consensos, sino de aplastamientos.

Para el populismo que representa Podemos no hay mayor enemigo que el PSOE, de ahí que la poética interpelación del diputado socialista Torres Mora le parezca una ñoña forma de claudicación, meros juegos florales, cosa de tibios o de mansos, la expresión pusilánime de una izquierda aburguesada. Iglesias se abraza a la zafiedad igual que esos tritones de piscina enseñan los músculos del pecho en un intento grimoso de marcar territorio.

Pablo Iglesias no recita sonetos, porque todo lo que no sea doblegar al enemigo «se la suda, se la pela y se la bufa».

Para un tipo que pretende tomar el cielo por asalto, perder el tiempo enjaretando versos en el Congreso de los Diputados representa esa política rosa propia de diputados «lilas».

Él viste de morado, un color fuerte, viril, rotundo, radical, nada que ver con ese socialismo que compone sonetos en lugar de utilizar la palabra como si fuera metralla.

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