David Gistau

Sobre una parte de España sobrevuela hoy un maligno sentido de agradecimiento a ETA

Esta sociedad ha interiorizado el discurso de su propio fracaso desde el momento fundacional de la Transición

Sobre una parte de España sobrevuela hoy un maligno sentido de agradecimiento a ETA
David Gistau. PD

EL concepto artesano congenia con la ETA de las pistolas igual que el industrial con el nazismo de los campos.

La muerte como manufactura frente a la muerte como cadena de montaje. Los nazis abrieron en parte las cámaras de gas porque, a partir del año 42, intuyeron que les faltaría tiempo para completar el genocidio y que tendrían que acrecentar el ritmo de producción.

Pero también lo hicieron para aliviar la tensión de los verdugos artesanales de los «einsatzgruppen» en el Este que demostraron que matar bala a bala era algo que sólo se podía soportar durante un tiempo, durante un número concreto de muertos -y eso que eran subhumanos-, dependiendo del aguante y de la capacidad de deshumanización de cada cual.

Por la aparición del carnicero de Mondragón este fin de semana en el reparto de credenciales de hacedores de la paz, sabemos que el Este nazi se perdió un matarife imperturbable que podría haber asimilado él solo todo Babi Yar sin otras consecuencias que un agarrotamiento del dedo de apretar el gatillo.

Diecisiete muertos artesanales y tan campante. Diecisiete muertos diluidos en la jerga aséptica, administrativa, autoexculpatoria de la ejecución, como los tres mil atribuidos al más célebre de los verdugos, Charles Sanson.

Sobre una parte de España sobrevuela hoy un maligno sentido de agradecimiento a ETA que, con la asistencia de personajes con afán curativo entre los cuales no es posible excluir ni siquiera al ocupante del Vaticano, ha sabido invertir la percepción de su derrota hasta transformarla en un indulto colectivo que nos dispensa graciosamente. Y por el cual estamos en deuda.

A cambio no sólo debemos transigir con un orden moral, construido en parte por constitucionalistas, en cuya paz cabe el carnicero de Mondragón pero no el PP. Ni Savater. Ni Pagaza. No sólo debemos conceder a Otegui el capricho de pasar por Mandela.

Debemos también consagrar la noción, en el contexto de la reciprocidad de dos bandos idénticos en términos morales y subjetivos ambos en sus razones, de que no quedan más víctimas que los asesinos presos, porque por los muertos artesanales nada puede hacerse mientras no dé alguien con la fórmula de la resurrección.

Es espantosa la liviandad con la que se habla de ellos: los muertos fueron simples elementos secundarios, inevitables, de un determinado momento político. Superado éste, ha de ser superada también la culpa penal, incluso el reproche. Todo queda zanjado como después del Game Over de un juego violento en el que uno sabe que nadie muere de verdad.

La misma sociedad que soportó con cierto cuajo semejante ataque ahora ansía hacerse perdonar por ETA y precipitar el tránsito hacia el olvido en los términos que ETA exige.

No es por fatiga. Es porque esta sociedad ha interiorizado el discurso de su propio fracaso desde el momento fundacional de la Transición y se ha dejado convencer de que nada merece la pena. De que debemos dejarnos clausurar por la nueva horda de profetas comprendiendo además que nos lo merecemos.

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