Antonio Burgos

Una saya rosa

Pasan las Vírgenes de Sevilla pero no pensamos en la mucha vida que llevan, en los muchos recuerdos familiares que portan

Una saya rosa
Antonio Burgos. PD

VEMOS en la calle un paso, contemplamos desde su costero el perfil clásico de una Virgen entre la plata de los varales y el tintineo de las caídas de palio que marcan el compás.

Y cuando lo paran nos acercamos, si podemos, a verLa de cerca entre el cangrejerío y las nubes de las Azores del incienso.

Y La vemos hermosa, ataviada como una novia, vestida con mimo, tras haber sido velada toda la noche por hermanos que gozan del silencio de su presencia en la soledad del templo como un anticipo a cuenta del cielo.

El «Cielo en la Tierra» que decía Muñoz y Pabón ahora nos llega en la perfección de la medida y del canon de Sevilla: un paso de palio. Esta ciudad que, como ya se lamentaba Bécquer, tanto y tan incomprensiblemente ha dejado perder, conserva sin embargo el supremo sentido de la medida del paso de palio.

La proporción áurea en la ciudad que sacó, ay, tantas cosas de quicio, que se salió ella misma de madre, como el río en las grandes inundaciones.

Pasan las Vírgenes de Sevilla, perfectas, en sus proporcionados palios, pero no pensamos quizá en la mucha vida que llevan, en los muchos recuerdos familiares que portan. Vemos el brillo de algún broche en los encajes de un pecho lacerado por un puñal de oro; vemos un pañuelo en su mano; un rosario que pende y tintinea al compás que llora la cera en el verso inmarcesible de Rodríguez Buzón.

Vemos esas joyas, discretamente puestas en el pecherín de la Virgen o en la saya por anónimas hermanas camareras, en una noche de recogimiento, en que parecían monjas de clausura en la soledad de las naves de la parroquia, con los dos pasos hasta con las flores ya puestas y con la sola presencia de los cabales de la hermandad, ni uno más ni uno menos.

Pero no contemplamos la cantidad de vida y de vidas, de recuerdos, de familias, de nombres propios, de sacrificios quizá, de gratitudes por un dificilísimo favor recibido, rayano en el milagro, que esas preseas de la Virgen representan cuando las vemos brillar a la luz de la candelería, de las seis cercanas marías de la última tanda.

En la calle no lo sabemos, pero si usted le pregunta a un nazareno de las parejas del último tramo, los del terciopelo chafado del antifaz, los del ruán color ya ala de mosca, los de la vieja sarga desgastada por el brillo de tantos planchados por manos maternales, quizá le dirán esos nombres que nadie sabe, sólo la Virgen. Las hijas que cuando se murió la madre pensaron que dónde iban a estar mejor los brillantes de su pulsera de pedida que en el pecho de su Virgen.

Ese padre que, en acción de gracias tras la enfermedad de un hijo, le encargó a Arenas, el platero del callejón de Oropesa, ese rosario para su Virgen. Nadie sabe ahora quién fue el que, agradecido, dio más dinero para ese manto. O qué viudo, en memoria de su mujer, le regaló esa toca de sobremanto.

Esta tarde veré pasar, hermosa, de charlita con San Juan, su «chevalier servant», a la Virgen que tiene más Dulce Nombre, que en la dual Sevilla es como la otra cara de la Amargura. Irá, como siempre, espléndida, ¿verdad, Félix Machuca, verdad, amigos bofeteros? Y llevará una saya como torera, de debutar con caballos en Sevilla. Una saya color rosa.

Una rosa bordada para la Rosa de San Lorenzo. A nadie le tendré que preguntar por ese trozo de vida, de recuerdos, de tristezas, de nostalgias, que lleva la Virgen del Dulce Nombre en esa saya rosa. Yo sé quién donó a la Virgen esa saya, y lo orgulloso que estaba del regalo a su divina Novia de San Lorenzo.

Fue muchos años su fiscal de paso, que nos lo paraba al alfayate y a mí cuando nos veía esperarlo con el platero Manolo González Labrado en la Alcaicería de la Seda. Aquel fiscal de paso que le regaló a su Virgen la saya rosa que hoy lleva se llamaba Ángel Casal Arias.

Era mi amigo y mi vecino en los toros. Hoy, cuando vea vuestra saya rosa, tuya y de tu Virgen, Angelito querido, rezaré por ti, y volveré a verte, tan joven, tan guapo, tan elegante, con tu túnica blanca planchadísima y tu palermo, de fiscal de paso. Te lo aviso ya, antes de emocionarme al ver a tu Virgen con tu saya rosa. Porque como tú decías, no vayamos a tenerla…

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