Ignacio Camacho

Falta un repudio cívico y político del posterrorismo de ETA que impida a sus herederos un espacio moral legítimo

Falta un repudio cívico y político del posterrorismo de ETA que impida a sus herederos un espacio moral legítimo
Ignacio Camacho. PD

ALGO ha ido mal. Aunque la pantomima del desarme etarra no haya tenido -y cabe pensar que no vaya a tener- ninguna de las contrapartidas políticas que reclama el entorno batasuno, ha vuelto a abrir entre las víctimas y los demócratas el amargo debate sobre la impunidad del terrorismo y, lo que es más preocupante, sobre su derrota.

La arrogancia obscena del carnicero de Mondragón, las desahogadas reclamaciones penitenciarias de Otegui y la presencia de los socialistas vascos en una foto reivindicativa del falso armisticio siembran una duda nihilista sobre el sentido del final de ETA y plantean al Estado un desafío político que empaña o menoscaba su victoria teórica.

Se trata de un paso infortunado porque en este asunto no basta con ganar; tiene que parecerlo y eso no queda claro cuando se produce una provocación tan dolorosa.

El Gobierno se ha limitado a encogerse de hombros con desdén; quizá carece de margen para hacer otra cosa. Los terroristas no tendrán lo que esperan y ahí acaba la historia.

Pero la justicia se ha mantenido al margen de un posible enaltecimiento de la violencia y de momento parece más proclive a aceptar con rutina burocrática el aquelarre de Bayona.

Y luego está el famoso relato, una cuestión crucial que ha de sustanciarse en la expresión de una superioridad moral e ideológica.

En eso está fallando el sistema, incapaz de construir ante la desalentada opinión pública una narrativa vigorosa. Esa desidia obliga a las víctimas a erigirse en bastión de resistencia frente a la propaganda filoetarra, un papel antipático de casandras pesimistas tratando de agitar una conciencia social indolora.

La patente victoria policial y judicial será insuficiente sin el arrinconamiento político del posterrorismo.

No se le puede ceder el campo para que alimente entre los suyos la realidad ficticia de un empate, ni se puede capitular ante su despliegue de eufemismos y embelecos lingüísticos.

En la sociedad de la comunicación los triunfos se cimentan sobre sensaciones, sobre hegemonías mentales, sobre marcos expresivos. Cualquier desistimiento en este esfuerzo equivale a entregar parte del éxito al enemigo. Lo que está pendiente es la demostración de que no sólo es ETA sino sus herederos los que han perdido.

Y lo va a seguir estando mientras existan sospechas de impunidad, mientras los asesinos se paseen reivindicando sus crímenes, mientras sus partidarios cuenten con la acogida de un marco político digno. Mientras pasen como una especie de hermanos radicalizados del nacionalismo.

Mientras su contumaz negativa al arrepentimiento no sufra un general repudio cívico. Ya no se trata sólo de asegurarse de que los culpables paguen sin rebajas por sus delitos, sino de evitar la indulgencia acomodaticia del olvido.

De impedir que la sociedad vasca y española se resignen a otorgarles a sus testaferros y cómplices un espacio moral legítimo.

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