Ignacio Camacho

El estigma

La citación no va a meter a Rajoy en un aprieto penal, pero lo pone ante un desagradable compromiso político

El estigma
Ignacio Camacho. PD

FEO, feo. La citación testifical a Rajoy en el caso Gürtel difícilmente lo meterá en un aprieto penal, pero representa un desagradable marrón político. Aunque el Gobierno lo ha encajado con serenidad oficial, la importancia del golpe se ha notado en el partido. Es un contratiempo severo que va más allá de la pena de telediario y del ominoso paseíllo.

Se trata de la evidencia de que la corrupción persigue al PP por mucha distancia y tiempo que trate de poner por medio; una pesadilla recurrente que perturba la estabilidad del marianismo. La llamada de la Audiencia salta sobre los cortafuegos construidos alrededor del presidente para situarlo ante la mirada nacional con toda la fuerza de un símbolo.

Por supuesto que en la decisión judicial hay algo, o mucho, de populismo. También de reclamación de independencia; los jueces son sensibles (quizá demasiado) al clima de opinión pública y quieren parecer libres de sospecha. Les pesa la atmósfera incriminatoria que ha creado cierta izquierda y huyen de la posibilidad de aparecer en la carrocería del autobús-escrache señalados como cómplices del sistema.

En términos procesales Rajoy tiene fácil la declaración; el sumario corresponde a la primera etapa de la Gürtel y le bastará con alegar que fue él quien dio la orden de alejar a Correa. Pero además del inevitable escarnio de sentarse ante las togas, la simple convocatoria le deja un precedente y una advertencia. Es muy probable que tenga que volver cuando la Justicia se adentre en la fase crítica, la de Bárcenas, y eso sí puede crearle un serio problema.

En todo caso, este episodio demuestra que la corrupción no sólo es el punto débil del Gobierno, sino de todo el régimen constitucional. Estamos viviendo una paradoja siniestra: los mecanismos legales de depuración del abuso, lejos de solucionar la avería, la agravan aún más al regurgitar los escándalos con lentitud manifiesta. La preocupación de los ciudadanos oscila en riguroso paralelo con el calendario de los tribunales; cada juicio se refleja en una subida de varios puntos en la inquietud que expresan las encuestas.

En vez de tranquilizar la preocupación social, la acción de la ley la incrementa. Es un efecto diabólico de la sociedad de la comunicación y de la espectacularización de la política, que ha generado una dinámica autodestructiva, perversa. El sistema está enredado en un círculo de retroalimentación de sus propios vicios y ya no puede purificarlos sin imponerse a sí mismo una condena.

Por eso Rajoy no logra zafarse de esa sombra maldita; mientras más se la intenta sacudir, más se le acerca. Tal vez su pétreo pragmatismo haya amortizado el precio electoral de ese pasado ya irremediable, pero no evita el incómodo acoso de un estigma moral y político que continúa pisando sobre sus huellas. La suya es la factura de ser el único dirigente que ha logrado sobrevivir a un cambio de época.

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