Juan A Cordero

El reventón del buenismo

El reventón del buenismo
Juan Antonio Cordero. PD

Otra vez ha pasado. En Paris. En los Campos Elíseos. Un policía muerto y varios heridos entre ellos, un turista. Otra vez, el criminal abatido era un viejo conocido de la policía francesa, Abu Yousif, el ‘Belga’, reivindicado por el EI, de 39 años, radicalizado, con un amplio historial delictivo, con robos, disparos a policías, etc. Había estado en la cárcel y no sé si habría salido por buen comportamiento… Sin comentarios.

Es decir, al igual que ocurrió con los atentados de Bruselas, en la discoteca Bataclán y en otros muchos atentados, nos empieza a ser desgraciadamente frecuente oír cómo, la policía nos cuenta que los conocía, los tenía fichados, estaban pendiente de expulsión, una larga retahíla de comentarios que dejan descarnada su impotencia para evitar lo que, al menos en parte, podría ser evitado.

Si la policía no actúa, teniendo los datos y la información relevante, hemos de pensar que algo se lo está impidiendo. Y este algo se llama buenismo, y lo gestionan los funcionarios de la corrección política que viene a ser la antesala del pensamiento único, bien por ausencia, por marginación o por aniquilación de cualquier pensamiento disidente.

¿Cómo explicar la inacción de la policía ante delincuentes, terroristas y fanáticos convictos y confesos, sin la intervención de la decisión política? ¿Que prueba se tiene que probar para que un ladrón de un coche que dispara a dos policías que lo interceptan, que es por fin detenido y ya en la Comisaría, le roba el arma a otro y también lo hiere, esté detenido? Yo, y creo que alguno más, esto no lo entiendo.

Una especie de nuevo Leviatán parece que intenta la fusión de poderes que democráticamente habían sido separados. Es como si los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial se hubieran fusionado bajo la lógica buenista fundamentada en Rousseau y aplicada a machacamartillo. El buenismo político imperante, más propio, creo yo, de gente con ganas de quedar bien que con ideas profundas sobre lo que es el bien común, es rampante, contagioso y acrítico, pero exitoso, extendido y moderno. Al menos en estas latitudes del Estado del Bienestar y bienpensar, Como si fuera todo junto.

Más de un necio con pretensiones sigue probando con variantes de lo que Locke dejó escrito en 1609 «Si la realidad no coincide con mis palabras peor para la realidad». Dicho de otra manera, que la realidad se retuerza tanto como sea necesario con tal de que se parezca a lo que yo digo que tiene que ser. Y no habría ningún problema en ello, si no fuera porque yo, y tú también, somos esa realidad retorcida con la que alguien juega a ver si nos parecemos a sus devaneos y modelos.

Por lo visto hay personajes que necesitan descargar su inutilidad como gestores públicos viendo y gestionando el dolor de los demás. Cualquier cosa antes que tocar los principios que los mecen, la corrección política que les da de comer y el impartir moral de los que están absolutamente seguros de su fe y su verdad.

Hemos pasado del «toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario» a «toda persona es inocente aunque se demuestre veinte veces lo contrario». Eso supone cero riesgos en la aplicación de la Ley que desde el poder se administra, pero no es Ley, es chalaneo.

Y poco a poco se va descubriendo el juego, bien tramado por cierto, de la descalificación rápida del detractor. El abuso de los conceptos descalificadores crea anticuerpos, y cada vez ocasionan menos efectos. Llamar facha al que no piensa como «hay que pensar» no evita que haya gente piense como quiera, que lo exprese, y que se ponga por montera lo que digan de él. Y además, esto puede ir a más.

El buenismo vanguardia va a tener que ir dando pasos en dirección a la realidad. Va a tener que irse olvidando de forzar la realidad para que se parezca a sus conceptos e ir forzando sus conceptos para que se parezcan a la realidad. Asumir riesgos a equivocarse, tomar decisiones y ajustarlas a los contextos, sustituir lo providencial y absoluto por la heurística. Sin esos y otros cambios no se puede influir en lo real de forma efectiva, poco a poco, sin revoluciones ni a golpe de decretos.

Esta es la asignatura pendiente de nuestros bienpensantes buenistas oficiales si no quieren ver cómo va desapareciendo su ya exigua parroquia, cada vez más madura y desacomplejada.
¿Cómo explicar, sino, ese 43% de voto obrero hacia Marine Le Pen?
¿Seguiremos diciendo lo de siempre, que se han derechizado, y ya está?
¿Ningún análisis con algo más de altura para explicar la desaparición de la izquierda como referente obrero en Francia, por ejemplo?

Sin autocrítica, el buenismo oficial no hará otra cosa que seguir forzando las costuras democráticas, bastante debilitadas por la crisis, con temores serios y fundados de que pueda surgir un fuerte reventón.

Juan A Cordero

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