Isabel San Sebastián

La estafa perpetrada contra la generación de nuestros hijos tendrá consecuencias dramáticas

La estafa perpetrada contra la generación de nuestros hijos tendrá consecuencias dramáticas
Isabel San Sebastián. PD

EL concepto actual de empleo es al trabajo que yo conocí lo que ese feo neologismo llamado «posverdad» a la verdad simple y llana: una copia adulterada.

No me refiero a un hecho que los sindicatos y buena parte de la izquierda, anclados en el siglo XIX, denominan despectivamente «precariedad» y los empresarios eufemísticamente «flexibilidad», consistente en que la oferta laboral se adapte a una demanda extraordinariamente voluble.

Esas son las reglas con las que España debe jugar si quiere sobrevivir en un mundo globalizado donde la competencia es despiadada. En un país como el nuestro, en el que la aspiración de la mayoría sigue siendo un puesto de funcionario en la Administración, blindado para toda la vida, la incertidumbre de una trayectoria cambiante en términos profesionales y/o geográficos cobra a ojos de muchas personas formas de pesadilla, aunque diste de serlo.

Desde mi punto de vista, por el contrario, esa «precaridad» debería ser asumida como irreversible y servir de acicate para redoblar la exigencia social de un sistema educativo mucho más duro y de mejor calidad.

Un modelo que incentivara el esfuerzo y la capacidad de adaptación a un nuevo contexto geopolítico y tecnológico que muta a velocidades de vértigo y nos impone aceptar el cambio como un elemento más de nuestro quehacer cotidiano.

No se trata por tanto de encorsetar el mercado libre hasta equipararlo a un sector público caracterizado por la improductividad y la desmotivación, como pretenden muchos de los que hoy salen a la calle a defender su estatus de «liberados» y los privilegios que conlleva, sino de darle la vuelta.

Cuando hablo de «postrabajo» me refiero al desfase creciente entre las expectativas creadas y las posibilidades reales.

A la deshumanización de las relaciones laborales. A la frustración nacida de una profunda injusticia, tremendamente extendida especialmente entre los más jóvenes.

En ese sentido, tengo la sensación de que el tercer milenio nos está devolviendo a un pasado de infausta memoria que condujo a dos guerras mundiales.

Hace treinta años una buena educación garantizaba un puesto de trabajo capaz de pagar las facturas. Ya no.

Hace treinta años un rendimiento laboral eficiente aseguraba, salvo raras excepciones, la continuidad en el empleo. Ya no. Hace treinta años la posibilidad de independizarse radicaba en la voluntad y el empeño que uno pusiera en trabajar, aunque el trabajo fuese duro. Ya no.

Hace treinta años la brecha entre el salario del último en el escalafón y el del director general era razonable, confesable. Ya no. Hace treinta años existían nichos laborales para quienes no podían o no querían formarse. Ya no.

Y lo peor es que la crudeza de esa verdad no se les cuenta a los chicos con la insistencia y la sinceridad indispensables al caso, sino que crecen convencidos de ser merecedores de todo, empachados de derechos y ayunos de obligaciones, hasta que la realidad les estalla en plena cara. Hace treinta años «lo mejor de cada casa» iba a la universidad o se embarcaba en un negocio como paso previo a capitanear una empresa. Hoy se marchan al extranjero en busca de oportunidades.

La situación es incuestionablemente mejor de lo que era hace cinco años, tal como asegura el Gobierno; cierto. La hemorragia se ha detenido y la caja de la seguridad social vuelve a los números negros.

Sin embargo, esta bonanza tiene mucho de espejismo relacionado con factores externos. El tren de la reconversión se nos está escapando, al igual que el de la educación.

O alguien se atreve a poner en marcha la reforma en profundidad que necesitamos con urgencia, o la estafa perpetrada contra la generación de nuestros hijos tendrá consecuencias dramáticas.

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