Edurne Uriarte

La moda de la ‘regeneración’ es un poco más antigua e igual de hipócrita

La moda de la 'regeneración' es un poco más antigua e igual de hipócrita
Edurne Uriarte. PD

SE ha puesto de moda ensalzar el «maquiavelismo» de Mariano Rajoy, lo que debe de provocar alguna que otra sonrisa irónica al presidente, porque estos mismos que ahora le llaman astuto, hábil, calculador y capaz de fulminar a todos sus enemigos eran los que le consideraban un político menor, falto de carisma y de decisión, hasta hace más o menos un año, cuando le daban por muerto a manos de Pedro Sánchez y los podemitas.

Bastantes de los anteriores eran también quienes defendían a Esperanza Aguirre y su concepto del PP como la gran alternativa a Rajoy. Y eso que habían recibido los mismos rumores o informaciones que Rajoy sobre las oscuridades del PP de Madrid. Ese «ya lo sabía yo» que proclaman ahora como si no hubieran roto un plato en esta historia.

La moda de la «regeneración» es un poco más antigua e igual de hipócrita. Dice combatir la corrupción, pero la usa para combatir a los adversarios políticos, sean de fuera o de dentro del propio partido.

Por eso le piden a Cristina Cifuentes desde el PP que arregle ella las consecuencias del terremoto de la operación Lezo, por haberse creído que era cierto el discurso de la regeneración y que la iban a premiar por denunciar un caso de su partido.

Cuando en el curso de ingreso a la escuela de maquiavelismo te enseñan que cualquier denuncia será utilizada para destrozar a tu partido y al denunciante, y que, si no son los adversarios los que fulminen al denunciante, lo harán los enemigos del propio partido por haber provocado el terremoto.

También enseñan en el curso de ingreso a la escuela de maquiavelismo que los adversarios recurrirán a la mentira y al engaño siempre que se lo permitan las circunstancias y el momento.

Y que los mismos que llevaban años exigiendo medidas políticas contra la corrupción, como la que tomó Rajoy enviando a casa a Ignacio González y renovando al PP de González, serán los que pidan la cabeza de quien ha tomado esas medidas políticas.

Y que lo harán encantados de aliarse para tal operación con líderes como Pedro Sánchez, que apoyó con entusiasmo a todos los responsables de la corrupción de su partido en Andalucía y que estos días pide la dimisión de Rajoy, pero no la de Susana Díaz, aunque la corrupción de su partido sea la de su Gobierno y la de sus amigos y aliados.

Pero hay algunos conceptos del maquiavelismo, de la realidad profunda de la política, que son más bien de último curso, como la comprensión de la reacción ciudadana ante la hipocresía.

Esto es lo que se les escapa a quienes vuelven a proclamar, un año después, la destrucción del PP, de Rajoy y hasta del sistema de partidos. No es tan fácil engañar a un ciudadano que conoce el juego mucho mejor de lo que se le supone. También el que vota a Podemos y que es perfectamente consciente de los dineros del chavismo o de la dictadura iraní o del chollo del pisito de Espinar y siente un incómodo ridículo con lo de la moción de censura.

Para movilizar a ese ciudadano, de izquierdas o de derechas, hay que dar apariencia de ética y de verdad a cualquier operación «contra la corrupción», que lo parezca aunque no lo sea, que el maquiavelismo de los de la operación sea muy superior al de su objetivo. Y esto les falla a quienes intentan la enésima operación para destruir a Rajoy, que les han podido las prisas y las ansias.

Y han conseguido poner en evidencia más que nunca hasta ahora que la lucha contra la corrupción es un arma de destrucción de los adversarios mucho más que un principio ético, un medio para llegar al poder y a cualquier precio.

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