Victor Entrialgo de Castro

Educación, educación, educación

Educación, educación, educación
Víctor Entrialgo de Castro, abogado y escritor. PD

Todo mal español ha tenido allí su origen durante generaciones. Pero hay generaciones de padres que aún viendo en los telediarios espectáculos bochornosos en partidos de fútbol infantiles, son incapaces de aprender en cabeza ajena.

Les da igual. A pesar de sus déficits educacionales, no son capaces de aprender algo ni en la tele ni cuando salen de casa. No son capaces de imitar, una de las formas de aprender, como cuando te asomas al extranjero. Lejos de aprender por imitación copiando lo bueno de lo que ven y dejando lo que no les gusta, esta gente aborrece todo lo meritorio, lo ejemplar y reniegan de ello, reivindicando su derecho a imponer su ordinariez como forma de conducta, en su ensoñación de que su chiquillo llegue a ser Messi o Ronaldo, a costa de lo que sea. Es, sigue siendo, la rebelión de las masas.

Un dia azul extraordinario y una mañana en un campo de juego situado entre árboles y al aire libre. Un montón de chavales de 11 y 12 años ejercitándose disfrutando de la naturaleza, del juego, del deporte del balón, educándose supuestamente en valores a través del fútbol. Un juego de niños, en víspera de la semifinal de la Champions.

Y en lugar de un educador, la federación permite que un bocachanclas, un aprendiz de «entrenador» de niños que ve demasiada televisión y demasiada taberna se cargue semestres educativos enteros lanzando al aire improperios como cohetes en las fiestas de su pueblo. Abucheado por los padres del equipo contrario continuó disparando a voces toda una metralleta de expresiones soeces dirigidas aparentemente contra su propia persona pero en realidad con el fin de amedrentar y reprender a sus propios jugadores, niños de 12 años como si aquello fuera la final de Champions.

En Alemania, en Holanda un árbitro, aun joven, hubiera expulsado a este energúmeno del banquillo, pero aqui la Federación organiza la liga escolar y luego envía a una chica muy joven para que arbitre, una niña que atemorizada por la horda de «Padres-Messi» que invade los colegios liberando sus frustraciones, no se atreve a expulsar al energúmeno. Durante todo el partido los chavales reciben todo un Master de ordinarieces que les permitirían graduarse en barriobajerismo en dos mañanas jaleado y refrendado por los padres del equipo visitante desplazados en gran número.

Esas hordas influenciadas por expresiones de locutores futbolísticos de la tele que ahora llega a lugares recónditos donde no sé si llega el maestro, gritan acalorados en el descanso a sus propios hijos, que están disfrutando aprendiendo a jugar al fútbol, por si no fueran suficiente las blasfemias del entrenador, «Juego combinativo», «No os relajéis en ningún momento, Mantener la presión» y otras sandeces aprendidas en los partidos de los mayores sacadas fuera de contexto.

Las masas quieren Messis, uno en cada casa.

En un régimen de libertad es preciso combatir esta epidemia con el antibiótico preciso, sin los complejos de los políticos a meterse por miedo a perder su covachuelismo. A corto plazo, devolviendo la autoridad a quien en cada ámbito la tiene que tener. Y a largo plazo con el único que puede matar este virus. Educación, educación, educación. De los padres sobre todo. Aunque ésta última llegue un poco tarde.

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