David Gistau

Los españoles siempre estarán culturalmente predispuestos a encomendarse a un déspota

Los españoles siempre estarán culturalmente predispuestos a encomendarse a un déspota
David Gistau. PD

ESTABA el otro día sesteando con el televisor encendido cuando algo me reclamó tanta atención que un ojo se me abrió un poco, una cosa chinesca, el ojillo custodio del perro que duerme sin desatender su jurisdicción.

Así estoy yo en la Insomne Garita, vigilando los muros de la patria mía para repeler cualquier agresión contra la Verdad y la Democracia. Bueno, así y, en invierno, con una mantita ligera que me llevé de un avión. Que de lo contrario salta un Watergate y me pilla entumecido, el periodismo no siempre da tiempo para calentar en la banda.

Para ilustrar una noticia, un informativo había enviado a un reportero a palpar lo que los antiguos llamaban «el pulso de la calle» -que no es sino la centralita de Anson colapsada- con una ronda de preguntas a un muestrario del empoderado pueblo español.

He notado, por cierto, lo consciente que el pueblo español es de su empoderamiento por ese cierto regodeo con el que cruza lento los pasos de cebra, como disfrutando del atasco que su poder le permite crear, casi como si parara columnas blindadas por imposición de manos como en Tiananmen.

La noticia que ilustraba ese informativo no era tan importante como las que estos días estremecen el mundo, pero tenía su valor costumbrista y tentaba con la posibilidad de elevar la anécdota a categoría.

El reportero solicitó a unos cuantos usuarios de supermercados su opinión sobre los impuestos catalanes a las bebidas azucaradas. Lo que me maravilló fue que, de cinco encuestados, dos estaban agradecidos al Estado porque el abuso de bebidas azucaradas es perjudicial.

Tate, pensé mientras pugnaba por mantener abierta la rendija del ojillo. He aquí por qué los españoles siempre estarán culturalmente predispuestos a encomendarse a un déspota curativo más allá de cuál sea la imagen con la que éste vaya mutando, desde los espadones regentes del XIX hasta los administradores de morales y costumbres -socialdemócratas progresistas y socialdemócratas conservadores- actuales, pasando por el paroxismo distópico que pretenden fundar los nostálgicos de las reprogramaciones morales en el gulag para quienes hasta los medios de comunicación privados son un peligro pues al Estado corresponde inocular en sus súbditos los pensamientos y las noticias apropiados.

Vivimos en un país en el que dos de cada cinco personas encuestadas agradecen la intromisión del Estado en su vida, le agradecen incluso que les exprima aún más dinero, porque, sabiendo que el abuso de las bebidas azucaradas es perjudicial, no se sienten capaces de administrar ellas solas el consumo, sino que prefieren ser vigiladas, limitadas y penalizadas por ese ente tutelar al que se empieza confiando la gestión del consumo doméstico de zumos, o de carnes rojas, o de tabaco, y se termina entregando todos los demás.

Gente que apechugue sola con la dosificación de zumos, y no que dé las gracias cuando el Estado venga a salvarla de sí misma colocándole por añadidura un impuesto. Eso es lo que España jamás creará.

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