David Gistau

El PP no aguanta una sesión de cine completa sin que salte el SMS de un nuevo susto

El PP no aguanta una sesión de cine completa sin que salte el SMS de un nuevo susto
David Gistau. AC

A menudo me acuerdo de aquella vez, cuando la corrupción del PP aún era sólo Bárcenas con su abrigo Chesterfield de Chicago años veinte, en que el periodista Carlos Cué y yo nos cruzamos con Rajoy en un pasillo del parlamento.

El presidente se detuvo a saludar y en ese preciso instante le sonó un SMS en el iPhone:

«Cada vez que me entra un mensaje -dijo-, miro el teléfono con terror preguntándome a quién del partido habrán detenido esta vez».

Para sobrellevar sin sobresaltos los últimos años de metástasis orgánica y cuerdas de presos, espero que Rajoy haya aprendido a poner el móvil en silencio. Porque el PP no aguanta una sesión de cine completa sin que salte el SMS de un nuevo susto.

La corrupción del PP es el ruido de fondo nacional, es el hilo musical que suena incesantemente -«La Bamba» en el ascensor- mientras suceden otras cosas.

Debate el PSOE, camina rápido Rajoy en mallas, se inauguran exposiciones en El Prado, juega el Real Madrid partidos de Champions, y detrás de la imagen, cruzando el fotograma de parte a parte, siempre aparece un furgón policial con alguien del PP dentro. No puede considerarse en Madrid que una comunión tuvo éxito social si no entró la policía a llevarse a un pariente concejal.

La última escena de humor involuntario relacionado con la corrupción a punto estuvo de protagonizarla Cristina Cifuentes. La presidente regional que levantó el puño como Escarlata O’Hara para jurar que no volvería a haber corrupción, la que se creyó capaz de abrir una zanja generacional que dejara la corrupción adjudicada a formas culpables de pasado, se encontró, nada más terminar su monólogo moral, con un informe de la UCO donde se pedía que fuera investigada por cohecho y prevaricación en el contexto de la financiación ilegal del PP. Un poco más y se la llevan sin que pueda terminar de decir en el mitin que acabó el tiempo de los corruptos.

Desestimada la imputación por el juez Velasco, resulta que a Cifuentes la perjudicó colateralmente algo que es imposible hacerse extirpar: un pasado en el PP de Madrid. Un pasado por el que desfilan personajes del entorno aguirrista de una cutrez absoluta, todos ellos prosperando en un feo cotarro simbiótico cuya osamenta, cuya hoguera de las vanidades cañí, irá exponiendo la investigación de Lezo. El PP de Madrid es una tumba de Tutankamón donde la corrupción es un gas liberado que contamina casi a cualquiera que haya cruzado ese umbral.

Cifuentes pasó una mala tarde en el cepo público por el roce antiguo con esas malas compañías fáusticas entre las cuales no era posible prosperar sin pagar ciertos peajes. Sin mirar hacia otro lado cuando se exigía hacerlo.

El atril al que se sube el PP para proclamar que no volverá a haber corrupción parece el Asiento Peligroso de Camelot. Todo el que pasa por ahí arriesga la electrocución.

Para que nos vengan, a lo Berlusconi, con que esto es una conspiración ideológica de jueces de extrema izquierda.

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