Laureano Benítez Grande-Caballero

La campaña de Gundisalvo Sánchez Turrión

La campaña de Gundisalvo Sánchez Turrión
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

A estas alturas, nadie puede dudar que España es un país de película, en especial desde que irrumpieron en la escena política las bandas de titiriteros puñoenalto, arrasando nuestros poblados en escenas dantescas y grotescas que semejan mucho a la irrupción de las bandas de forajidos en los poblados del «Far West». Por ello, son las películas del «espagueti-western» las que mejor sirven para expresar una situación tan inefable y asombrosa como la española.

Y así, a vuelapluma, se me viene a la mente la película «Por un puñado de votos», aunque también podría decirse en su forma original: «Por un puñado de dólares». Porque con los dólares se compran votos, y con los votos se puede acceder a los enmoquetados salones donde se acorazan las cajas fuertes repletas de dólares.

Sí, porque un puñado de votos pueden inclinar la balanza de unas elecciones hacia un partido u otro. Por eso, las campañas electorales consisten en rebañar puerta a puerta -e incluso boca a boca- voto a voto.

Por un puñado de votos los candidatos pueden lanzarse a la realización de acciones ridículas, grotescas y esperpénticas, que violentan todo sentido común. Esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando los próceres obsesos del laicismo de la izquierda española felicitan cada año el Ramadán a la musulmanía: porque hay que conseguir el voto de la comunidad islámica, que cuenta con 700.000 votantes. O sea, que «Karim Ramadán».

Y todavía hay quien se escandaliza ante la hipocresía de estos laicistas puñoenalto, capaces de recitar allahuakbares en una marea de genuflexiones, o ponerse una «kipa» mientras se bambolearán ante cualquier modo con tal de arañar un puñado de votos, pero que jamás nos felicitarán la Navidad y la Cuaresma a los cristianos. Pero, vamos a ver, estos depredadores de votos no van a ser tan tontos de echar sus redes en los caladeros católicos, pues saben de sobra que sus persecuciones a la Iglesia y su anticlericalismo incapacitan a la mayoría de los creyentes a votar a estos energúmenos. Así que, ¿para qué perder el tiempo y hacer el ridículo felicitando a gente de la que no van a sacar casi ningún voto?

Un candidato en celo lectoral -y no quiero señalar a nadie- puede quitarse la corbata -o ponerse frac, si fuera menester- cantar internacionales puñoenalto con cara de panoli, desenterrar cadáveres en «Vallecaído», bailar la conga con el LGTBI, arroparse en la bandera de España, e incluso transmutarse en poeta, declamando ante el pueblo aborregado aquellos famosos versos de mi paisano Bécquer: «Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un voto… yo no sé qué te diera por un voto».

La estrategia es muy sencilla, porque se trata, simplemente, de prometer que darán a los posibles votantes todo aquello que quieren tener, en forma de luminosas Arcadias, o ubérrimas Jaujas. Por ejemplo, Pedrito Tácatun sería capaz de llevarse al huerto al PNV, garantizándole que le daría competencias en el asunto de los presos de ETA. O incluso garantizaría a los separatistas la posibilidad de celebrar un referéndum secesionista, porque la Moncloa «bien vale un referéndum», ya que a este señor no le van mucho las misas.

Otro que sabe mucho del mercadeo de votos es el Coletudo mayor, pues ésa es precisamente una de las especialidades que debe dominar todo populista que se precie. Por ejemplo, aprovechando que 10.000 taxistas de toda España hicieron una movilización en Madrid cerca del Congreso, no se le ocurrió otra cosa que salir del edificio a hacerse fotos con los manifestantes, para atribuirse los méritos de la movilización de la manifestación, así como para chupar cámara, porque a chupóptero no le gana nadie, y además eran 10.000 votos.

El caso es que esta obsesión patológica por arañar votos puede llevar a fenómenos macabros, como cuando el Turrión se aprovechó de una anciana que había fallecido por no tener calefacción para montar otro de sus numeritos mesiánicos. Y eso que los muertos no votan, como sucedía antes. También su enfermiza obsesión por arañar votos le lleva a ponerse «esmoquin» cuando alterna con los artistas, sabedor de que este gremio sí le vota.

Y esto es muestra democracia, señores, un mercadillo de todo a 100, un rastrillo donde se regatean votos, una barraca de feria donde los megalómanos de turno te quieren colocar sus maravillosos crecepelos, sus milagrosas pócimas para hacernos felices. Si hiciera falta, se irían a Marte en astronaves, si pudieran rebañar algún voto allí.

De todas maneras, yo pienso que es fácil ganar unas elecciones, si se sabe echar las redes en los caladeros apropiados. Por ejemplo, imaginemos que un tal Gundisalvo Sánchez Turrión quiere okupar la Moncloa. Si en España la comunidad LGTBI cuenta con aproximadamente 4 millones de miembros, bastaría con que su programa electoral tuviera un buen paquete de medidas donde se les aseguraran a los homosexuales prebendas y privilegios para que ese partido se asegurase un buen puñado de votos. Si además ese programa también puede prometer y promete medidas para favorecer a los inmigrantes con derecho a voto -cerca de medio millón-, pues ahí hay otro hontanar de votos muy considerable, pues es un hecho conocido que la mayor parte del voto de los nacionalizados va a parar a la izquierda a la que sin duda pertenece Gundisalvo. Súmenle a esto otro paquete de medidas para bailar el agua a los secesionistas, y subvenciones a troche y moche para que la gente lleve vidas regaladas sin trabajar, y Gundisalvo ya tiene la Moncloa a tiro.

Este Gundisalvo Sánchez Turrión podría muy bien ser el protagonista de la siguiente anécdota: Un militante de un candidato a una alcaldía llama a la puerta de una casa para intentar convencer a sus moradores de que le voten. Le abre una señora, que se excusa diciendo que no podrá acudir a votar porque sus hijos estaban con paperas. Al preguntarle el militante por quién pensaba votar, el ama de casa dice precisamente el nombre del candidato al que representaba el militante.

El día de las elecciones, el aspirante a la alcaldía se presenten casa de la señora y le dice: «Hola, señora, soy el candidato por el que usted pensaba votar en las elecciones. He venido a decirle que yo mismo me quedaré con sus hijos para que usted pueda ir a votar.

Sí, por un puñado de votos Gundisalvo estaría dispuesto a hacer cualquier cosa. Porque, para decirlo con el título de otra película del «espagueti-western», «la Moncloa tenía un precio».

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