Antonio Burgos

La primera chancla

Igual que en marzo decimos que hemos visto el primer azahar, en junio nos topamos con la primera chancla y su olor a pies

La primera chancla
Antonio Burgos. PD

CUANDO se va acercando la primavera y se barrunta la luz nueva que estrena la ciudad, como un anticipo a cuenta del Domingo de Ramos, corren buenos tiempos para la lírica.

Se afilan las más poéticas plumas, impacientes ante los días del gozo en la plenitud del olor de los naranjos en flor.

Todos los sevillanos, como en un campeonato que nadie convocase y que no tiene más premio que la belleza y la tradición, andamos como los locos buscando el primer naranjo en flor.

Hay quien se apunta el tanto de decir que ya ha visto azahar por Nervión o presume de haberlo encontrado en Heliópolis. Pero en cambio, ay, cuando se va acercando el verano, sí, corre una mareíta buena para la lírica, con las flores de los magnolios, los sonidos que se escuchan ya con un eco a moñas de jazmines, las velas sobre los patios espantando calores de la siesta… No tengan en cuenta nada de eso.

Es pura literatura. Invención lírica de la ciudad. Una Sevilla que no existe. Hay que reconocer que cuando se va acercando el verano, y ya han sonado los cohetes del Rocío, y llega el Corpus de romero y seises, para la lírica corren unos tiempos malísimos. Porque si la gente va mal vestida habitualmente por Sevilla, y con el turismo zarrapastroso del que vivimos más todavía, cuando se acerca el verano es que todo es de un mal gusto como para salir corriendo.

Así que igual que en marzo decimos que hemos visto el primer azahar, en junio, horror, hay que reconocer que nos topamos con la primera chancla y su olor a pies. Y con el primer pantalón pirata. ¿Por qué esta Sevilla que viste tan bien en la mañana del Domingo de Ramos, o en la inaugural noche del pescao frito en la Feria, o en la plaza de los toros con farolillos, o para salir con la hermandad en el Corpus, se pone de cochambre y oro en cuanto que se acerca el verano?

En invierno, como van con sus sudaderas de capucha, y sus parcas, y sus plumíferos, y sus zapatillas deportivas, tapaditos, se les nota menos. Pero, hijo, llegan las primeras calores y aquí parece que se organiza un campeonato de gente mal vestida, en calzones cortos. Un pantalón largo es como ir de chaqué con la Sacramental del Sagrario. Una zapatilla de deportes llega a ser un lujo: todo es chancla. Cuando llegan las primeras calores Sevilla se achancleta.

Si degradado está el paisaje urbano, el humano se pone horrorosamente antiestético. ¿Y los pantalones piratas, ni cortos ni largos, sino todo lo contrario? ¿Y las camisetas de deporte como prenda oficial, sin que se vea una sola chaqueta? ¿Y el olor a sudor de esas camisetas?

¿Tanto se resisten las camisetas a que las metan en la lavadora y les den lo que antiguamente se decía en Sevilla «un ojito», una manita de jabón verde o de Saquito de Persán? ¿Y las camisetas de tirantas?

¿Dónde me dejan las camisetas de tirantas? Con tal atuendo en la gentuza que nos tiene cercados parece que estamos todos ya de veraneo y que Sevilla es puerto de mar. Que la playa está en La Campana y la marea alta llega hasta los veladores históricos de la confitería que deben autorizar de nuevo a Borja Hernández.

¿Y el olor a sudorina? Lo malo no es la camiseta de tirantas, sino el olor a sudorina de los sobacos del tío, si te toca al lado agarrado a la barra del autobús de Tussam. Se habla mucho de iniciativas para declarar algo como Patrimonio de la Humanidad, ¿no? Pues entre pies con chanclas que huelen a queso podrido y sobacos de camisetas de tirantas dando el cante, ¡cómo huele la Humanidad de los sevillanos zaparrastrosos con el Patrimonio de la falta absoluta de ducha, champú y desodorante!

Cuando corren los buenos tiempos para la lírica de la llegada de la primavera, citarse suelen los versos del hermano de Manuel Machado: «La primavera ha venido/nadie sabe cómo ha sido».

Ahora, ante los pantalones piratas y la sudorina de los tíos en camiseta de tirantas con los brazos y piernas tatuados, habría que decir al encontrarnos, horror, con la primera chancla: «El verano ya ha venido:/ una chancla me ha atufado;/la que un cani se comprado/en la tienda de los chinos».

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