Jaime González

Ay, Dalai

Ay, Dalai
Jaime González (ABC). PD

Recapitulemos: Jordi Pujol padre es el Dalai Lama, a la sazón marido de la madre superiora de la Congregación, cuyo primogénito, Jordi, era el capellán de la parroquia al que el reverendo Mosen debía de enviarle los misales. Algo no encaja en esta historia.

Ignoro si en el valle del río Yarlung Tsangpo, en las estribaciones del Himalaya, florecen los opiáceos o es que Jordi Pujol padre se reencarnó en el Dalai Lama para entrar de incógnito, vestido de naranja, en el banco de Andorra la Vella donde guardaron la herencia del abuelo Florenci para no alterar la paz del templo de Jokhang, en cuyos alrededores pastan los yak.

Ya no se si Marta Ferrusola, al tiempo que se carteaba con el capellán de la parroquia, tocaba el gong tibetano, pero entre el procés independentista y el blanqueo -espiritual, maticemos- de los Pujol, ya solo falta que el soberanismo nos muestre la mano incorrupta del yeti como prueba irrefutable de que Cataluña es al Tibet lo que España es a China; esto es, la víctima y el verdugo. Ya antes nos había dicho Artur Mas que el pueblo catalán es como el pueblo elegido de Israel (a los de la CUP, la comparación no les debió hacer mucha gracia), pero ahora han elegido el camino de lo místico y se han pasado al budismo.

En realidad, son cualquier cosa que le sirva de coartada: el Dalai Lama, Mahatma Gandhi o Martin Luther King, sin olvidar a José Sazatornil, con quien se comparó el «hereu» de la saga cuando dijo aquello de que «yo soy como aquel fabricante catalán de interfonos en La Escopeta Nacional, que no consigue vender ni uno y acaba pagando la fiesta».

La gente en Cataluña no debería ser muy distinta de la del resto de España o de la que habita en el valle del río Yarlung Tsangpo; gente capaz de descubrir por sí misma que el Dalai Lama, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, la madre superiora de la Congregación, el reverendo Mosen o el capellán que fabricaba interfonos les han vendido un yak cojo que no se parece en nada a los que pastan en los alrededores del templo de Jokhang.

Así debería ser, pero el pueblo catalán carda la lana y el soberanismo la utiliza de disfraz para robarle algo más que la esperanza.

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