Isabel San Sebastián

Los únicos costaleros de Iglesias son los herederos de Batasuna/ETA y los golpistas de Cataluña

Los únicos costaleros de Iglesias son los herederos de Batasuna/ETA y los golpistas de Cataluña
Isabel San Sebastián. PD

PABLO Iglesias fue al Congreso a por lana electoral y ha salido trasquilado. Pretendía pescar en el caladero socialista pero solo ha conseguido evidenciar la catadura política y ética de un proyecto, el de Podemos, cuyos únicos costaleros son Bildu y ERC.

Esto es, los herederos de Batasuna/ETA y los golpistas de Cataluña.

Pablo Iglesias urdió su moción de censura fracasada con el propósito de sembrar más cizaña en un PSOE que por entonces ya andaba suficientemente encizañado en sus primarias. Le ha salido el tiro por la culata.

Desde ese momento hasta hoy el partido de Ferraz ha elegido nuevo líder y también nuevo portavoz parlamentario, José Luis Ábalos, que en su intervención de ayer dejó algunas cosas muy claras.

La primera, no por obvia menos relevante, que no hay democracia sin ley. Algo que conviene recordar cuando uno se dirige a la formación morada y no digamos a sus leales escuderos en la censura.

La segunda, que la unidad de España y la soberanía residenciada en el conjunto del pueblo español no se discuten ni se negocian; postura cuyo enunciado público coincide con lo que en los pasillos y reuniones privadas garantizan fuentes autorizadas del puño y la rosa a sus interlocutores populares.

Y la tercera, que este PSOE «renovado» está abierto a entenderse amistosamente con los círculos y las confluencias a fin de tejer acuerdos de izquerdas para todo lo que no suponga vulnerar la Constitución.

Resumiendo; que si Iglesias quería quitarle votos a Sánchez, éste pretende hacer lo mismo con Iglesias. Sigue la disputa por un mismo espacio y las últimas encuestas otorgan la ventaja al menos extremista de los contendientes.

Pablo Iglesias era consciente de no poder ganar esta baza, pero dudo que sospechara el varapalo que iba a llevarse. Y no porque este PP no merezca la más severa censura en razón de la insoportable corrupción que arrastra, sino porque tanta arrogancia, tanta suficiencia, tanta condescendencia ególatra vomitada en peroratas dignas de un híbrido entre Castro y Chavez acaban afilando la lengua de cualquier diputado que se precie. Mariano Rajoy tiró de estilete y cita para dejar al descubierto el peligro inherente al sectarismo feroz del candidato aspirante a regir nuestros destinos.

Ana Oramas le dio en la mandíbula de macho alfa con su «sé que a usted no le gustan las mujeres que no son sumisas» y le remató en la lona recordándole que perdió la oportunidad de propiciar un cambio de color en La Moncloa cuando el exceso de ambición unido al error de cálculo le llevó a forzar con su «no» unas segundas elecciones.

Albert Rivera subrayó su escasa afición al trabajo productivo, inversamente proporcional al entusiasmo que pone en la demolición del adversario. Le sacó de sus casillas, literalmente, acaso porque sea consciente del papel crucial desempeñado por Ciudadanos en la frustración del Frente Popular anhelado por el campeón populista.

Pablo Iglesias salió con las orejas gachas y el ego duramente sacudido, sin recabar ni un apoyo más que los de Ezquerra Republicana y Bildu. Ezquerra Republicana, cuyo vocero, Joan Tardá, amenazó impunemente desde la tribuna con llamar a la sedición si el Ejecutivo cumple con su obligación de impedir la celebración de un referendum ilegal mediante cualquier medio, incluido el empleo de la fuerza.

Y Bildu, que jamás ha condenado la sangre derramada por ETA (¿cómo iba a condenar la cabeza al brazo?) y se permite hablar de corrupción cuando la mera presencia de Beitialarrangoitia en la Cámara pervierte el sentido mismo de la democracia. ¡Valiente compañía!

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