Ramón Pérez-Maura

La evaporación del sentido común en España

Estamos enseñando a nuestros hijos que el aire acondicionado no es un lujo, sino que es poco menos que uno de los Derechos Humanos

La evaporación del sentido común en España
Ramón Pérez-Maura. PO

MALÍSIMO. El calor es verdaderamente malísimo. Tanto que hace que se evapore el setido común a nuestro alrededor. Y si perdemos eso nada puede ir bien para casi nadie.

Efectivamente pasamos días de un gran calor. No he conseguido encontrar todavía la estadística comparativa de cuántos años hace que no hacía igual o superior calor en la segunda o tercera semana de junio, pero apuesto lo que se quiera a que estos mismo termómetros ya se habían visto antes por estas calendas. Pero lo que sabemos con toda certeza es que nunca se reaccionó con igual flojera a un problema puntual como éste.

Ahora resulta que no se puede ir al colegio sin aire acondicionado. Cuando otros estábamos en esas aulas hace cuarenta años no había aire acondicionado ni en los coches. Ayer pude ver en el informativo de una televivión cómo hacer para bajar la temperatura del coche antes de subir a él. Un manual de refrigeración imprescindible sólo para los clientes de los frenopáticos.

Admito que puede existir un problema que no hubiera hace dos, tres o cuatro décadas: que la calidad de algunos edificios sea infinitamente peor y que el aislamiento de sus paredes, por ahorrar costes, sea de una calidad deplorable. Pero eso sólo puede ser una excepción, no el común de los casos.

Porque hoy en día las posibilidades de mejorar el aislamiento de los edificios es infinitamente superior a lo que teníamos en la España pre democrática.

Y nunca mandaron a nadie a casa porque hiciera mucho calor. La realidad es que el mundo es como es y hay que ser capaz de asumir las condiciones que nadie va a poder cambiar.

Pero ahora nos encontramos con que la consejería de Educacion correspondiente envía a los niños a casa para que no pasen calor. Es decir, les estamos enseñando a nuestros hijos que el aire acondicionado no es un lujo, sino que es poco menos que uno de los Derechos Humanos. Y no les cuento cómo les va a ir a las siguientes generaciones con una educación así.

Toda esta perturbación ocurre en un mundo trastornado por lo que el maestro Guy Sorman llamaba en estas páginas el pasado 5 de junio el climatismo, «la capilla frecuentada por el nuevo culto milenarista de la Naturaleza, cuyos sumos sacerdotes se denominan «ecologistas».

Todavía no he oído a nadie denunciar las máquinas de aire acondicionado que tantísimo daño causan al medio ambiente con sus emisiones. Esos mismos apóstoles del climatismo son los que prohiben poner ciertos revestimientos a los edificios porque son peores para el medioambiente.

Como fue el caso en la torre Grenfell de Londres en la que en la última renovación se puso un revestimiento mucho más ecológico. Tanto que ardía mejor que la leña de un salón madrileño, resecada durante meses por la calefacción. Pero esos detalles conviene no mencionarlos mucho.

Las decenas de muertos no van a resucitar pero todavía podemos avanzar este climatismo que se lleva por delante hasta la educación de nuestros hijos.

Cada vez más vivimos en un mundo falso. No apredemos cuáles son las condiciones del mundo real. Esta obsesión con la ola de calor -y me ahorro contarles cómo se sentía ayer a las 19.00 en la Plaza de Toros de Las Ventas- pretende definir como excepcional e insoportable algo que, como bien dice mi compañero de ABC Jaime González, ocurre todos los años desde que el hombre es hombre.

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