David Gistau

Las caras de la suerte

Suerte es pisar la Luna, dejar la huella propia impresa allí. Mala suerte es ser el quinto hombre en hacerlo

Las caras de la suerte
David Gistau. AC

RECORDEMOS la obsesión de Napoleón por rodearse en su Estado Mayor de hombres que, además de aptitudes, tuvieran suerte.

La suerte es el elemento diferenciador, el que escoge o discrimina, sobre todo cuando hombres igualados en aptitudes compiten ferozmente.

Pocos, y a esto alude James Salter en sus memorias, lo hicieron con tanta intensidad como los pilotos de combate empeñados como astronautas en la carrera espacial. Compitieron siempre entre ellos, apetentes de gloria y posteridad.

Venían haciéndolo desde las dos guerras que libraron, la 2GM y la de Corea, donde la codiciada condición de as se ganaba con al menos cinco MiG derribados: los sólo dañados no valían.

Subían al cielo con espíritu deportivo, a competir, a anotarse «home-runs», y al final la suerte decidía quién ganaba o perdía, quién vivía o moría.

Nada desacreditaba más ante los compañeros que cobrarse un MiG perseguido por otro en condiciones oportunistas: eran más comprensivos cuando se robaban las esposas aprovechando las ausencias originadas por las misiones.

Una pregunta típica al escritor es por qué comenzó a escribir. Las respuestas han alcanzado hitos supremos de la cursilería: para que me quieran, para explicarme el mundo, para exorcizar fantasmas interiores… Salter, un escritor fino, muy sutil en lo psicológico, casi un forense de matrimonios rotos, fue primero un piloto de combate.

Y lo que lo desvió definitivamente a una actividad menor como la literatura, a una rendición como la escritura, fue ver cómo su compañero de academia y de instrucción en aeródromos rurales, Edward White, aparecía en televisión convertido en el primer hombre de la historia de la humanidad que se dio un paseo espacial de 21 minutos fuera de la cápsula Gemini: «Jamás podré superar eso», pensó.

Claro, las cosas se complicaban, para ser as de repente se exigía más que cinco MiG derribados. White trató de superarse a sí mismo. De hecho, junto a Grissom y Chaffee, iba a componer la primera tripulación en pisar la Luna.

Los tres murieron abrasados, durante las pruebas, dentro de uno de los Apolos embrionarios. Tampoco esa muerte iba a ser fácil de superar, por más que la hubiera causado el abandono de la suerte.

La suerte cruel que así escogió a Armstrong, Collins y Aldrin para que dieran conferencias el resto de sus vidas.

Suerte es pisar la Luna, dejar la huella propia impresa allí. Mala suerte es ser el quinto hombre en hacerlo. Eso le sucedió a Alan Shepard quien, competitivo, incapaz de renunciar a una cuota de gloria singular, pensó qué debía hacer para ser recordado y sacó una bola y unos palos de golf mientras caminaba por la superficie lunar.

Aún consta en los libros de récords como el autor del swing más largo de la historia. Para entonces, James Salter ya estaba escribiendo todas esas novelas maravillosas que no fueron sino una compensación de su fracaso en comparación con los ases con los que convivió en hangares. Sólo pudo acreditar el derribo de un MiG.

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