Juan Pérez de Mungía

Crónicas del eunuco

Crónicas del eunuco
Bandera gay

Al contrario de lo que cabría esperar, la democracia no ha traido mas libertad a los ciudadanos. Frente al tipo de represión que puede aplicar cualquier dictadura al uso, se ha instalado la autorepresión, la autocensura, al tiempo que la realidad y la experiencia se han venido mistificando de manera que se han hecho virtuales. La libertad de pensamiento ha desaparecido después de desaparecer el derecho a la libertad de opinión. Las opiniones son intolerables y se condenan antes siquiera de pronunciarse. Como inventó el delirante papa Juan Pablo II, el pensamiento mismo ya es pecado. Ahora además es delito. Se ignora que la acción no resulta de una representación mental. En cada momento se activa una y la contraria. ¿Puede condenarse con el fuego eterno a cualquiera que no ha causado ningún daño?. En el trastorno obsesivo-compulsivo el sujeto experimenta la amenaza de hacer lo que piensa, y se obliga a actuar contra esa amenaza. La estúpida susceptibilidad del interlocutor amenaza convertir todas las conversaciones, en conversaciones muy limitadas sobre temas inocuos.

Ejemplos hay múltiples. El humor, la ironía y las metáforas han desaparecido. Cualquier manifestación es absolutamente literal en el peor registro posible. Nadie se ríe. Los debates en el congreso son patéticos a este respecto, de la mano de los mas necios o analfabetos. Esta moda destructiva es alimentada día a día en las redes sociales con su simplificación y la divulgación de noticias falsas. La competencia del lector, la libertad del pensamiento, la investigación y la docencia especialmente en las ciencias sociales han desaparecido a manos de la corrección política. Cualquier autor teme el linchamiento si no restringe su lenguaje. Las consecuencias son devastadoras. A fuerza de cuidar el lenguaje para no ofender a nadie, la despreocupación por el otro es absoluta, no siendo que el interlocutor de turno pueda sentirse ofendido. ¿Cómo advertir del riesgo de conductas irracionales, supersticiosas o míticas, y cómo advertir de las conductas que amenazan la salud mental?. ¿Quien ha dicho que la homosexualidad no esté causada como lo está la heterosexualidad? Observemos que sólo la heterosexualidad requiere tratamiento. La respuesta social es siempre la misma, la del pasota. Que se pudran en su desvarío. Es la forma en que un ultraliberalismo creciente ha eliminado del discuso social toda ética. Todas las acciones resultan a la postre impulsivas, expresión de la banalidad del mal. Como para tener confianza y hacer posible la comunicación espontánea. Oídos que no oyen, corazón que no siente. Es como si todos se hubieran hechos autistas y cínicos. Se dice lo que no se cree y se practica lo contrario. La farsa social se extiende al socaire de las expresiones sociales mas abyectas del respeto al otro, pura ignorancia del otro.

Nuestra generación de jóvenes se expresa con una antipatía natural a todo lo que no encaja con sus deseos o expectativas. Durante el franquismo cada vez que alguien hablaba de una mujer, inteligente, simpática o hermosa, se concluía diciendo «mejorando lo presente» si entre los interlocutores había mujeres. Todas las mujeres debían ser por definición deseables para cualquier hombre; la clase substituía a la experiencia. No había ni hay hombres o mujeres repugnantes. Y, sin embargo, los hay, aunque nadie en su sano juicio ve legítima la violencia. La crítica al trabajo de una estudiante dispara el mantra «machista». La escena se repite ahora en el congreso. Hace tiempo que las leyes consagran la protección de la infancia, sobre el papel, condenando la corrección de conductas indeseables. Hasta los inefables tribunales de derechos humanos pontifican sobre la inoportunidad de regañar, y violentar la sana conciencia de sátrapa del infante humano. El precio a pagar ha sido ampliar las competencias de la policía, la única autorizada a un castigo desproporcionado de las conductas infantiles y adolescentes indeseables que resultaron premiadas por sus padres, tutores y educadores. Para éstos sólo existen obligaciones. No existe la posibilidad de algún tipo de conducta en beneficio del menor; sólo el premio puede existir. El psicologismo imperante ha sacrificado la comprensión de la conducta en aras de la perversa ideología de la psicología positiva. Práctiquese con el asesino múltiple, y el psicópata en desarrollo.

Las críticas, incluso aquellas que en descargo, algunos llamaban constructivas, sólo pueden expresarse a los hombres blancos heterosexuales, para mayor gloria de quienes están haciendo todo lo posible por instituir la sinrazón como razón social. Reina el autobombo, y las celebraciones substituyen la expresión espontánea del propio juicio. La vida social se ha hecho pura simulación. Al parecer hacerse pajas en colectividad resulta mas gratificante que el amor humano de un hombre y una mujer, al parecer la especie humana ha podido sobrevivir con dificultad al amor heterosexual, siendo mas naturales y recomendables otras prácticas sexuales de incierto destino. Los eunucos de nuestro tiempo han descubierto los orificios para el intercambio de fluidos corporales. Las relaciones sociales se han constituido en torno a agujeros reales, virtuales y mediopensionistas.

Proliferan los discursos contra el sexismo, pero las hembras y machos humanos se transvisten y marcan su pertenencia a una tribu. Nunca las confesiones religiosas lograron destruir el cuerpo del modo en que lo hace la cultura contemporánea. Las deplorables revistas del corazón y las miserables historias de la necedad humana nos presentan mujeres decoradas hasta el extremo. Auténticas máscaras que se creen bellas. Y a castrados tatuados que gozan mirándose al espejo como si fueran tontos. Los cuerpos desnudos se han hecho indeseables a los ojos de una cultura homosexual que necesita incentivos perversos permanentes para hacer del otro un objeto fetichista. La hipersexualización de la infancia alumbra un siniestro porvenir en donde la última frontera será derribada en aras de un ultraliberalismo antiético, la pederastia. Podrán ignorarse por un tiempo las consecuencias, pero ya están aquí, entre nosotros. Los jóvenes no afrontan su responsabilidad, la atribuyen con impudicia a otros. En lugar de solicitar explicaciones que les habiliten y desarrollen sus destrezas, se encaran a sus maestros para pedirles que les hagan el trabajo que no hacen. Los ignorantes se esconden en los grupos de trabajo. Son intuitivamente conscientes de que una combinación de simulación de competencia y permanente reclamo a la responsabilidad de otro les entregará sin coste lo que desean. Eres tú la causa de mi malestar, eres tú la causa de que no prospere, eres tú la causa de que no entienda, eres tú la causa de que fracase, y eres tú, en fin, el origen de todos mis males y complejos, y encima me ofendes. Para cuando la realidad se imponga en su forma mas abrupta, la ruina social habrá ya hecho sus estragos. Prohibido declararlo y pensar en ello.

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