Roberto L. Blanco Valdés

Puigdemont querer pactar con rostros pálidos

Puigdemont querer pactar con rostros pálidos
Roberto Blanco Valdes. Marina López

La escena la hemos visto una y mil veces en las pelis del Oeste: el jefe del Séptimo de Caballería («el chico», le decíamos de niños) sale del fuerte con una bandera blanca a negociar la paz con el jefe de los indios, que se encuentran acampados en medio del desierto.

Llega el chico, se sienta al estilo indio (¡cómo no!) y, mano a mano, ambos jefes parlamentan. Luego, si hay acuerdo, fuman la pipa de la paz y se intercambian chucherías. Si no lo hay, unos se pintarrajean, otros tocan la corneta y todos al campo de batalla.

Por lo que se ve, ese es el modelo que tiene en la cabeza Puigdemont, quien, hasta que se lo ha quitado de la cabeza la presidenta del Congreso, pretendía ir a la Cámara a parlamentar (el verbo es suyo) con los señores diputados y a explicarles cuál es su plan para, violando la Constitución y las leyes, sublevarse contra el Estado democrático.

Pero como con toda la razón le ha aclarado por carta Ana Pastor, el único procedimiento posible para que el presidente catalán vaya al Congreso -presentar una proposición de ley, según el artículo 87.2 de la Constitución- debe culminar necesariamente en una votación.

Y una votación es lo que quiere evitar a todo trance Puigdemont para que no se haga patente lo que sabe todo el mundo: que en el único órgano del Estado que podría tomar las decisiones oportunas para hacer posible un referendo, los secesionistas están en completa, rotunda y absoluta minoría. Y eso, señoras y señores, se llama democracia.

La comparecencia, pues, no se producirá, y, en cierto modo, es una pena, pues la escena de una autoridad pública explicando con todo lujo de detalles en el órgano de representación de la soberanía popular cómo piensa dar un golpe de Estado sería un esperpento de tal envergadura que se convertiría de inmediato en trending topic.

Ni El ala oeste de la Casa Blanca, ni la aún más exitosa House of Cards podrían competir como ficciones políticas con la simpar actuación de Puigdemont y su crónica de un golpe de Estado anunciado.

Demostrando su formidable incomprensión de lo que es un Estado de derecho, el presidente de la Generalitat insiste en que no ve motivo alguno para no poder ir al Congreso a parlamentar, pues el hecho indiscutible de que no lo permita la Constitución le parece una solemne tontería.

Al fin y al cabo, para él y para su tropa secesionista el respeto a la ley es cosa de antidemócratas, pues no hay más demócratas fetén que los que se pasan la ley por el arco del triunfo y acuerdan, por ejemplo, como han acordado los nacionalistas, la monstruosidad jurídica y política de subvencionar solo a los medios de comunicación que apoyen la sublevación independentista contra el Estado democrático.

Puigdemont está convencido de vivir en el Oeste, donde, como no había leyes, todo tenía que pactarse. Esa es quizá la razón última que explica que no esté cansado aún de hacer el indio.

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