Víctor Entrialgo de Castro

Tiempos modernos

Tiempos modernos
Víctor Entrialgo de Castro, abogado y escritor. PD

Estamos viviendo una revolución que no es la ideológica, trasnochada y cansina que pretende Podemos, con su pensamiento debil, su modernidad líquida y su postverdad, -como la empleada por Trump para llegar al poder, o sea la mentira-, sino la revolución tecnológica.

Una revolución que junto al prodigio de los chismes mágicos incluye esa Telemanía del Poder según la cual, igual que otrora ningún súbdito podía levantar la vista ni dirigir la palabra al emperador, todo debe hacerse hoy obligatoria, y no voluntariamente, a través de Internet.

Al ciudadano le echan hoy a patadas de los organismos públicos y le obligan a entrar en páginas abstrusas creadas por informáticos que desconocen la realidad que hay debajo, lo que supone una vulneración flagrante del principio de igualdad constitucional condenando a los mayores a la segregación política, administrativa y social, incluido el ocio. Para recibir una notificación, confesarte ante hacienda o coger sitio en un autobús de línea, hay que hacerlo por internet. Vivimos una imbecilidad tecnológica.

Nuestra Ley de procedimiento administrativo garantiza el derecho de todos los ciudadanos a ser tratados con respeto y deferencia por las autoridades y empleados públicos, «que habrán de facilitarles el ejercicio de sus derechos y el cumplimiento de sus obligaciones».

Asistimos a fabulosos prodigios de la técnica como aquellos que maravillaban a los Buendía en Cien años de soledad, pero al mismo tiempo nacen nuevas servidumbres y llevamos a cabo una cantidad de chorradas indescriptibles con nuestros cacharros que afectan a nuestra convivencia y relaciones personales.

Vivimos abducidos por nuestras máquinas que nos poseen en lugar de utilizarlas. Vivimos la conexión permanente y echamos de menos a Tarzán. Vivimos colgados de las máquinas pero la gente tiene unas ganas locas de mar, de playa, de naturaleza, de veranos inhábiles sin ordenadores ni televisión, sintiendo el aire del mar, el olor de las plantas y el sonido inconfundible de las chancletas en pantalón corto y camiseta.

La tecnología, que ha pasado de herramienta a fin, está sobrevalorada porque en determinados aspectos y ocasiones en lugar de complementarlas ha sustituido a la naturaleza, la vida y a la libertad. Este otro maquinismo al que asistimos, con usos que van exigiendo nuevos protocolos y educación, habría servido a Chaplin para hacer una segunda parte de Tiempos Modernos.

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