Santiago López Castillo

Dejad a los muertos en paz

Dejad a los muertos en paz
Santiago López Castillo. PD

Ha llegado la moda de los desenterramientos. Franco, Moscardó, Yagüe, José Antonio, la Cruz de los Caídos, la espadaña de un pueblo, un capullo… En este recuento funerario, asoma Salvador Dalí. Al genial pintor se le han alargado las guías de sus mostachos. Los ha afilado y se ha vuelto a acurrucar en la tumba.

Ahora todo el mundo resucita. Hasta los vivos. Porque son muy vivos. Dinero llama dinero y hay ambición por equipararse a la fama del difunto. El caso que nos ocupa lo protagoniza una señora, Pilar Abel, de 52 años, natural de Figueras -tierra en la que vivió el pintor- que dice ser hija del genio.

– ¿Y qué más…?

Cualquier cosa para llevarse un pellizco del muerto y de paso adornarse con la fama.

– ¿Cómo la Marina Castaño?
– Más o menos, que sigue en pleitos. La conocí mucho. Yo fui íntimo de Cela.

Lo cojonudo, lo que hace el morbo, es que le ha faltado tiempo a una jueza para que se exhume el cadáver del gran artista de Port Lligart y se verifique el ADN. Dalí (+ 23/ I/ 1989) lleva bajo tierra casi treinta años. Y ahora nos sale esta buena señora con sus genes y sus genios. También le pasó al Rey emérito, aunque los casos no se aproximen ni por el forro. El monarca es un picha brava y el extinto pintor a lo más que llegó fue al gran masturbador, una de sus magníficas obras pictóricas.

Tuve la suerte y el honor de ser invitado por él en uno de mis veraneos en la Costa Brava. Pidió para mí un buen vino, se lo dijo a Gala. Mientras los modelos, en túnica blanca, finísima, desfilaban ante el genio gerundense al aroma de la excitación. No. No le imaginaba con su cincel dándoles por culo. Gala, por su parte, estaba sentada a mi lado. Yo todavía era jovencito y estaba de buen ver. La mujer de Dalí me acariciaba mi espesa melena. He de decir que me ponía cachondo. Aunque pequeña, sus piernas estaban bronceadas, brillantes de afeites, y resultaba atractiva con sus calcetines de lana blanco.

Sin pretender comparanzas, en mi época televisiva tuve una andanza con una catedrática de la Complutense, y, al cabo del tiempo, todos los días me llamaba una criaturita con voz azarosa.

– No sé cómo decírselo, pero usted es mi padre…

Ante la insistencia, dije que si me seguían llamando les denunciaría a la policía.

Querían llevarme a un realyty show. Esas cagadas que emiten las televisiones y que presenta un amanerado con plumas. La vida es una tómbola.

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