Ignacio Camacho

La hora de los catalanes

La sociedad catalana no puede seguir pasiva ante el extremismo revolucionario que ha secuestrado su vida política

La hora de los catalanes
Ignacio Camacho. PD

ESTO va a acabar mal. En Cataluña, como en los peores años de la Segunda República, la izquierda extremista radical se ha apoderado de la vida política. Se lo ha permitido el nacionalismo antes llamado moderado y ahora simplemente desnortado o desaparecido, atropellado por su propia deriva soberanista.

Las CUP, un grupúsculo antisistema, han asumido el liderazgo de la estrategia de secesión y conducen el proceso por una vía revolucionaria ante la que la sociedad catalana no puede seguir adoptando una actitud pasiva.

Ya no se trata del referéndum. Es un proyecto de independencia unilateral, a la brava, de hechos consumados, que pretende arrastrar a Cataluña a un régimen de corte bolivariano.

Sin hipérbole: los legisladores han extrapolado del chavismo los conceptos de poder popular y de proceso participativo asambleario. Eso no es sólo un desafío contra España, como pretenden sus autores, sino un intento de secuestro de la propia soberanía catalana. Si se han atrevido a ponerlo en marcha es porque se saben dueños de la iniciativa ante una comunidad adormecida, resignada.

La presunta Ley de Autodeterminación es inconstitucional desde el título. Pero lo peor no está en la violación flagrante del marco legal, sino en la manera en que impone a los catalanes la obligación de sumarse a su delirio. Los independentistas ignoran a los conciudadanos que no comparten su modelo político.

Están dispuestos a pasarles por encima incluso con un porcentaje de participación mínimo. El referéndum no les importa porque saben que no podrán celebrarlo; lo que anuncian es su voluntad de proclamar la secesión al margen de cualquier obstáculo jurídico. Se han quitado las caretas: lo suyo es puro autoritarismo.

Por supuesto que el Estado tiene la responsabilidad indeclinable de impedir el desafío, imponiendo su autoridad democrática incluso, si menester fuera, bajo apremio físico. Pero antes deberían ser los catalanes quienes desenmascaren este desvarío.

Es a ellos a quienes compete en primer lugar la oposición al aventurerismo, a la ruptura de la convivencia que les plantea este órdago literalmente subversivo. Es a la sociedad de Cataluña, culta y dinámica, a la que afecta en su desarrollo, en su estructura y en su cohesión civil este desatino.

A ella le toca demostrar su madurez ante la evidencia de que su sistema político se ha autodestruido. Se ha acabado el tiempo para la indiferencia, el encogimiento y el narcisismo. Y tiene el argumento servido en bandeja por los propios secesionistas: si ellos desobedecen también pueden y deben ser desobedecidos.

Si esa reacción de sensatez no se produce a tiempo en el cuerpo social catalán va a ser difícil encontrar una salida indolora al conflicto.

A tiempo significa antes de que España, su Estado, su Gobierno y su sistema judicial tengan que apelar a la defensa legítima de su soberanía y de sus principios.

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