Antonio Burgos

Manolete, mito y copla

España lloró su muerte y lloró al oír lo malos que eran muchos de los romances a lo de Linares

Manolete, mito y copla
Antonio Burgos. PD

QUÉ ganas tengo de que llegue octubre», había dicho Manuel Rodríguez antes de la tarde de Linares. No sabía que poco después, Beni de Cádiz había de cantar una copla por alegrías en la tristeza funeral de España: «Nos tenemos que acordar/del año cuarenta y siete: la catástrofe de Cai, la muerte de Manolete».

Manolete se quedó en agosto y se quedó en la memoria de España, a la que Andalucía le prestó el cordel del pliego de tañido de coplas, poemas, romances, sonetos. España lloró dos veces a Manolete. Lloró su muerte y lloró al oír lo malos que eran muchos de los romances a lo de Linares.

«Manuel Rodríguez Sánchez Manolete» era un endecasílabo a la medida de los versos de Foxá en el homenaje de Lhardy. Del mismo modo que «ay, Manuel Rodríguez Sánchez» era el octosílabo perfecto para la riada de romances malos que inundó España.

Sonaban las notas sentimentales del pasodoble «Manolete»: «Manolete, Manolete, de la tierra los Califas gran torero». Y el mundo acompañaba la pena de la madre, Angustias Sánchez: «Doña Angustias presentía que un peligro te rondaba y aquel peligro fue Islero, toro de malas entrañas». Lola Flores la cantaba, en el pasodoble de Guardón y Báez: «Angustias Sánchez, qué pena, pena, malhaya el toro que lo mató».

Con la cornada en el triángulo de Scarpa, Islero había roto la vida de Manolete, pero también los lados del triángulo amoroso de su vida. Su novia Lupe Sino nunca pudo entrar a verlo morir en el hospital de Linares. Pero también se quedó fuera del ciclo de las coplas de su muerte porque en aquella España nacional y católica no tenía un anillo con una fecha por dentro.

Era el amor del pecado, y Manolete había ido al cielo. Solamente El Príncipe Gitano se acordó de ella, en la copla del maestro Solano: «La novia de Manolete ya no lleva más collares porque Manolete ha muerto en la plaza de Linares».

Si ni en el centenario de su nacimiento sabemos la causa médica de la muerte del torero, menos aún sobre su gran amor.

La madre del torero y la novia del torero. Triángulo perfecto, si Manolete se hubiera casado, por la Iglesia, naturalmente, y su amor no hubiera sido una larga, apasionada relación con Lupe Sino, que lo entendía mejor que nadie, que lo amaba más que nadie… aunque no la dejaran entrar en el cuarto de la agonía de Linares.

Apenas se recuerda el nombre real de Lupe Sino: Antoñita. Dicen que actriz, dicen que cantante. Dicen que olvido. Manolete quizá tenía ganas de que llegara octubre para retirarse para siempre con Lupe Sino.

Había dicho: «He ganado ya más dinero que cinco generaciones de mis antepasados juntas, pero no he podido disfrutar de ese dinero. Quiero retirarme cuando todavía estoy entero.»

Y Antoñita, que lo acompañaba, que escuchaba, que sabía, había dicho, como una sentencia: «No lo dejarán que se retire hasta que no lo vean muerto.»

Antoñita no lo pudo ver muerto. Por encima de la leyenda del triángulo amoroso, en aquella terrible cama del hospital, en el amanecer de agosto, Lupe Sino no estuvo en las siete palabras del calvario del Califa.

Dijo: «Ay, Pelu, hoy duele mucho la ingle».

Dijo: «Pepe, ¡qué susto he pasao! ¿Ese sitio es muy malo?» Dijo: «Me encuentro muy mal».

Dijo: «¿Maté al toro de la estocada? ¿Y no me han dado ni una oreja siquiera?»

Dijo: «Dios mío, qué malo me encuentro.»

Dijo: «Doctor, que no veo».

Dijo: «Alvaro, tráeme mis medallas».

Dijo: «¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!».

Dicen que le dijeron que estaba allí Lupe. Y no contestó.

El más terrible romance de la muerte de Manolete es que nunca dijo en el hospital: «Que entre Antoñita…».

Y por la orillita del Guadalquivir de Córdoba irá cantando la copla: «Angustias Sánchez, qué pena, pena…».

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