Gabriel Albiac

Sucedió en la Centroeuropa de entreguerras. Sucedió en Yugoslavia. Próxima cita, Cataluña

Sucedió en la Centroeuropa de entreguerras. Sucedió en Yugoslavia. Próxima cita, Cataluña
Gabriel Albiac. PD

¿QUÉ fue aquella compleja red de determinaciones a la cual, con una elipsis cómoda, llamamos «Transición»? En frío: el paso de una dictadura militar anacrónica a una normalidad institucional que Europa pudiera reconocer como ajustada a sus parámetros.

Ni jugó ningún papel la preferencia ciudadana, ni dejó de jugarlo. La guerra fría acababa y había que cerrar el frente sur, tras los sustos mayores que fueron la caída de los coroneles en Grecia y, sobre todo, la revolución de los militares prosoviéticos en Portugal.

Había un riesgo y sólo uno: el empecinamiento en su fidelidad al régimen pretérito por parte de viejos militares de alto rango. Tras el fracaso del golpe del 23 de febrero del 81, la última hipótesis de peligro quedó cerrada. Y se pudo pasar a las cosas serias. España entró en la Alianza Atlántica, como condición previa a su ingreso en la Europa comunitaria.

Madrid se convirtió en la ciudad más divertida del continente. Toda una generación descubrió la dicha de ser libre. Y pagó sus costes. No era la hora de atender a las limitaciones que el sistema institucional había tenido que arrastrar para sortear los años difíciles.

Las exaltaciones del «modélico» ejemplo dado por nuestro país fueron, sí, una bien medida campaña publicitaria. Pero no se sale de tiempos tan oscuros como aquellos, sin una apisonadora de publicidad triunfal a la medida. Han pasado cuarenta años y es hora de dejar a un lado los triunfalismos imaginarios. Salió todo lo mejor que podía haber salido. Y ahora sí, podemos -debemos- enfrentarnos a las insuficiencias de lo puesto en pie entonces.

Ayer, escuchando -gracias a ABC y Vocento- hablar a dos expresidentes adultos y a otro que se mantiene en una adolescencia envidiable para quienes amen a los adolescentes -no es mi caso-, me golpeaba la certeza de que formular la pregunta es hoy el deber moral de todo el que aspire a hacer de su inteligencia instrumento al servicio de un país en el borde del abismo: ¿fue un éxito la Transición?

Sí, en la medida en que hemos sobrevivido a sus momentos críticos. Y en la medida en que, bien que mal, hemos acabado por ser un aburrido país europeo. No, en la medida en que, cuarenta años después, somos la única nación del continente que, después de la matanza de los Balcanes, sigue poniendo bajo interrogante su estatuto de nación. Lo que es lo mismo, sigue tentada por la sórdida pulsión suicida que arrastra a ver en el vecino a un animal exterminable.

Los identitarios catalanes se hallan aún en la fase escénica. Esa que lleva a declamar, sobre las tablas de un teatro, sacrosantas leyes no redactadas. Farsa. Mas no hay escena inocente. Un golpe de Estado a fecha fija se ha anunciado. Avatar pintoresco: los golpes de Estado, decía Naudé, deben tener la imprevisibilidad del rayo que fulmina antes de que el trueno pueda oírse. Un golpe con calendario y sin épica ni coste para los golpistas es un círculo cuadrado.

Me cuenta un amigo que sus parientes barceloneses, cuando en casa oyen la tele en español, ponen el volumen muy bajo, para que ningún vecino los identifique. Hay una región de España en la cual decirse español es hoy proclamarse el peor de los canallas. Ésa es la clave del exterminio -lo ha sido siempre, en cualquier sitio-: la identificación.

Allá donde un político se inventa identidades, ha de inventarse enemigos diabólicos frente a los cuales blindar la suya propia. Sucedió en la Centroeuropa de entreguerras. Sucedió en Yugoslavia. Próxima cita, Cataluña.

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