Juan Pérez de Mungía

Tolerancia Cero

Tolerancia Cero
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Quien creyera lo contrario se equivocó plenamente. Las leyes no responden a la ética, sino a las prácticas sociales, como un mecanismo de resolución de conflictos para evitar que en la defensa de sus intereses cada cual decida por sí mismo cómo resolverlos. Convendría, tal vez, reflexionar de qué modo la cultura clásica de la libertad ha venido a imponerse contra toda suerte de doctrinarismo, y en particular a la tradición cristiana, en lo que se refiere al papel de la evidencia y de la ciencia, y en lo que se refiere a la acción e identidad humana, menos coherente e integral de lo que el discurso cristiano predicaba al instituir la nociones de pecado y culpa. No toca ahora hacer esta reflexión antropológica en un momento en que la religión decae y emerge como expresión tribal, incluso a pesar del sufrimiento que sigue causando. La religión se ha hecho secta para no rendirse ante la razón humana.

Ninguna expresión genuina de la libertad personal puede ser objeto de una disposición legal. Cuesta todavía entender hasta que punto cualquier expresión de libertad es prenormativa. Puede, desde luego, discutirse el alcance de esa libertad personal en cuanto afecta a cualquier otro ser humano, tenga efectos inmediatos o diferidos, pero cada día que pasa aumenta la esfera de la libertad personal hasta el punto de que ha desaparecido en la práctica cualquier instinto piadoso de socorrer a quien destruye su vida con sus acciones. La moral actual es la de abandonar a cada quien a su suerte. La expresión más pura del liberalismo económico coincide con la moral de libertario: el derecho de cualquier persona a suicidarse, a elegir el cuándo, el plazo y el modo. El brillante análisis de Escohotado es probablemente la reflexión mas elaborada del valor y alcance de la libertad.

Así se han despenalizado consumos socialmente indeseables; el consumo de estupefacientes como propone Podemos, o de prostitución como se ha legislado en Cataluña son simplemente ejemplos, y hay muchos. Ninguna conducta personal merece ser objeto de reproche penal, si acaso puede serlo el tráfico de estupefacientes, el negocio de la prostitución oculta pero institucionalizada, o incluso el tráfico de seres humanos, tenga por destino la prostitución, el intercambio perverso de relaciones sexuales o la procreación. La dación gratuita apenas logra ocultar que el contrato que hacen dos individuos con tal de que no resulte de algún tipo de coacción. ¿Puede perseguirse como delito a quien contrata con otro su propia muerte?. En tiempos, las leyes no sólo acudían a proteger a otros de las consecuencias de conductas ajenas, sino que también acudían en protección de los individuos mismos que arriesgaban su vida. Las leyes se han vaciado de este segundo contenido, y la sociedad premia incluso a quienes lo hacen como espectáculo.

¿Que conductas personales o colectivas pueden tolerarse? ¿Qué conductas deberían legalmente penalizarse en una democracia? La respuesta puede ser tan sencilla como inmediata, pero está lejos de ser por completo transparente: cualquier tipo de conducta que no tenga efectos sobre terceros y que resulte de un contrato libremente asumido. Como cualquier acto de sumisión tiene un precio, la práctica social del capitalismo ha mostrado que para algunos individuos la libertad es absoluta en la medida en que pueden someter a otro por contrato. Una expresión actual que exige cierta reflexión son los vientres del alquiler, que en la práctica harían equiparables el deseo de cualquier mujer a ser madre, como el deseo de cualquier hombre a ser padre. No parece pues, posible, que quepa dictar leyes que protejan a los individuos de sí mismos, y tampoco a proteger a los individuos de otros en la medida en que puedan someterse por precio. Las prácticas sadomasoquistas serían posibles si existiera un acta notarial de consentimiento mutuo y la sociedad entera dispusiera de su conocimiento. Como en el Mercader de Venecia

Probablemente, no sea demasiado útil condenar ese concepto de libertad absoluta, e incluso puede ser inútil discutir la legalidad de cualquier pacto, pero «el único propósito por el que puede ejercerse poder sobre cualquier miembro de una sociedad civilizada, contra su voluntad, es evitar el daño a otros» (J.S. Mill). Este daño no proviene de la naturaleza del acto, sea la expresión de una opinión, o un acto cualquiera incluso contra sí mismo en el caso de aquel que arriesga su propia salud, sino el daño a otros que proviene de su irresponsabilidad. Nada habría que objetar contra quien consume una droga, a no ser porque con su consumo está contribuyendo a un mercado ilegal, nada contra quien consume prostitución, sino fuera porque está contribuyendo a la degradación humana convirtiendo a otros en un mero objeto de placer; por lo mismo se excluye cualquier forma de esclavitud porque no hay posibilidad de un contrato libremente asumido por las partes con riesgo a la propia vida. Quienes hay que venden niños en el mercado de órganos o en el mercado terrorista.

Piénsese en conductas en apariencia menores que de forma directa o indirecta causan un perjuicio cierto, la pornografía -frente a la erótica como señala MacKinnon-, que causa daño porque explota, oprime, subordina y menoscaba los derechos de las personas que se prestan a estas prácticas, el consumo irresponsable de alcohol o el consumo de tabaco porque repercute en el sistema sanitario y en la salud de la población, las prácticas sexuales irresponsables que causan un daño cierto no a la propia sino a la salud de otros, a la salud pública y a sus presupuestos, las conductas irresponsables con el medio ambiente, el consumo irresponsable de alimentos que implican no solo daños a la propia salud, sino a la salud pública y sus presupuestos, etc. cualquier forma que en el ejercicio de la libertad personal cause un daño cierto e identificable debe castigarse no en tanto que expresión de la libertad personal, no por su naturaleza -dado que la moral ha dejado de existir como concepto público- sino por su ejercicio irresponsable, por afectar de forma directa o indirecta, de forma inmediata o diferida a la libertad de otros. No se trata de estatuir un puritanismo en nombre de una supuesta moral pública. Ni las opiniones ni los pensamientos causan por sí mismos un daño cierto. El mensaje, muy al contrario, es el mensaje kantiano, no cause un daño cierto a otro que pueda razonablemente imputársele. Cada sujeto debe responder ante la ley de su libertad y pagar las consecuencias sobre terceros.

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