Pilar Rahola

‘Walking dead’: Felipe Gonzalez, Aznar y Zapatero

Los tres muertos vivientes retornan a nosotros para reñirnos severamente y avisarnos del apocalipsis

‘Walking dead': Felipe Gonzalez, Aznar y Zapatero
Pilar Rahola. PD

Sinceramente, ¿hay alguien, en algún rincón del pensamiento español, que crea que sacar a pasear a los tres resucitados va a servir para que los catalanes nos volvamos niños buenos y volvamos al redil?

La verdad es que, vistos así, Felipe, Aznar y Zapatero, los tres juntitos, fusionados en el deber patrio de la unidad inmutable y libres de las dos orillas ideológicas, el viejo lema repica en la memoria. ¿Cómo era? Lo más parecido a un español de derechas es un español de izquierdas.

Aunque es una afirmación injusta, primero porque a Felipe y a Zapatero se les pasó hace tiempo la fiebre de la izquierda, y segundo porque algunas izquierdas igualmente españolas tienen otra posición sobre el tema catalán. Pero lo que sí es cierto es que el «antes roja que rota» funciona también con el azul.

Antes lo que sea que rota, porque España está por encima de las voluntades ciudadanas, de los pueblos y sus querencias, del rigor democrático, del derecho a cuestionar, dividir, pactar o cualquier otro verbo de la política. De hecho, está por encima de la Biblia, no en vano su nacimiento se sitúa cerca del episodio del Génesis. O del Deuteronomio, más o menos.

Y es así como los tres muertos vivientes retornan a nuestras vidas para aleccionarnos, reñirnos severamente, recordarnos el catecismo sagrado de la unidad, insultarnos un poquito o un muchito y finalmente avisarnos del apocalipsis.

Lo más bonito de este Walking dead castizo es su inmaculada posición, su virginal biografía política, como si nunca hubieran tenido culpa del enorme hartazgo e indignación del pueblo catalán.

Ahora no estoy segura, pero diría que estos tres estaban por ahí cuando se iban acumulando agravios, expolios fiscales, promesas incumplidas, deudas impagadas, infraestructuras sin acabar (ni empezar), ataques al idioma, abusos de autoridad, leyes recentralizadoras, constitucionales al viento y el resto de cariños que sus gobiernos nos dedicaron a mayor gloria de España.

Diría, y es un decir, que son precisamente ellos, con sus presidencias, los que perpetraron el desaguisado final, llevando hasta los mismísimos a una sociedad catalana pactista y ordenada que decidió buscar una alternativa seria de futuro, convencida de la imposibilidad de encontrarla en España.

Ni una sola autocrítica, ni un solo momento de adversativa amable, un «sí, pero nosotros…», ni una debilidad en la conciencia, nada, sólo su verdad inmutable, su pensamiento único y una sarta inacabable de reproches contra ese pueblo catalán sensato que se ha vuelto insensato.

No es aquello machadiano del Castilla desprecia cuanto ignora. Es algo más vitriólico: la negación de toda causa para no tener que pensar cómo resolver las consecuencias.

¿Cómo era aquella frase de Maquiavelo? «Nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado por la mentira». Pero estos superan a Maquiavelo porque lo practican todo, la fuerza y la mentira.

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